La figura de la semana: Centenario vigía de la zona oeste
Tras un periplo laboral por Venezuela fundó la primera ferretería de La Calzada donde le llovían los pedidos gracias a una jovialidad y naturaleza positiva que mantiene intacta, como su energía, a los 104 años

La figura de la semana: Centenario vigía de la zona oeste / Mortiner
Con paso algo costoso, pero mente despejada, Faustino Suárez Martínez patrulla las calles de La Calzada en donde nada se le escapa. Saluda a los vecinos, los cuales sorprendidos, ven como a sus 104 años continúa yendo a la huerta al igual que ya hacía de crío en la zona oeste de Gijón. La memoria falla para todos menos para Suárez, Tino como le conocen sus allegados, que ha visto la evolución de un barrio obrero y aún se acuerda de cómo las casinas y los talleres pasaron a ser altos edificios y constante bullicio de coches y de millares de molestos camiones que cada día recorren el mismo lugar donde él levantó uno de los negocios más recordados en el barrio.
Cuando El Musel estaba empezando a asomar la cabeza y Aboño tenía una playa tan grande como San Lorenzo, que diría Suárez, en un caserío de Jove, propiedad de los señores de Moriyón, Álvaro Suárez y Elvira Martínez sumaban el 18 de febrero de 1922 su octavo hijo a la familia, al que llamaron Faustino. Rápidamente, se percató de que la vida había que buscársela por uno mismo y tuvo la desgracia de una juventud marcada por la Guerra Civil. El conflicto no le llegó en edad de pasar a formar filas, pero tampoco se libró de trabajar y con 15 años ya sacaba todo tipo de embarcaciones hundidas en El Musel.
Al mismo tiempo, también se interesó por lograr una formación profesional y un trabajo propio. La encontró en la subida de Santa Olaya y bajo la tutela de Tirso Garrachón, un profesor que le fue moldeando para la vida profesional. Eran otros tiempos y a lo que ahora se llama emprendimiento, en aquella época era buscarse la vida para ayudar en casa. Con 20 años encontró un local en la calle Los Pedregales y lo convirtió en una ebanistería donde empezó a mostrar una de sus grandes cualidades, el saber vender y el detalle por su obra.
Pese a que las cosas iban bien, tenía la sensación que el sol pegaba en otra parte, como señalaría el propio Suárez para referirse a que su calma laboral pasaba por cruzar el Atlántico. Se subió al "Monte Auseva" rumbo a Venezuela, dejando atrás a la familia y a una mozuca muy guapa y abierta con la que no había formalizado la relación, pero con la que mantendría contacto vía postal.
Llegó al país latinoamericano con lo puesto y en dos meses pudo asentarse y levantar un nuevo negocio junto a un compañero valenciano. Lo que se le daba bien era la ebanistería y no la dejó de lado hasta que triunfó. El boca a boca y el tomar fama entre las familias adineradas del país le labró una reputación considerable.
En el ámbito personal, marchó sin ataduras, pero el intercambio de cartas con María Luisa Menéndez terminaría con una propuesta a la muchacha, también de Jove, para que le acompañase en el país. La relación se formalizó en 1953 cuando Suárez regresó a Asturias para casarse. Presumido como ninguno, no escatimó en desviarse hasta Barcelona para hacerse el traje de bodas que luciría en la iglesia de Jove. Eran tiempos sencillos y el viaje de novios se limitó a Oviedo y una visita de regreso a Venezuela.
No tardó en llegar la primera hija, Marisina, ampliando la familia y dejando la vivienda un poco escasa. En esas, en la cabeza de Tino Suárez ya empezó a rondar la posibilidad de regresar. Había dinero y holgura para instalarse en Gijón. Así se lo aseguró a su mujer, a su hija y a una segunda que estaban esperando, mostrando la promesa de que las acompañaría a los dos meses. Sin embargo, el plazo venció y se fue hasta los dos años, cuando Suárez apareció por Gijón y la familia ya sumaba cuatro integrantes, puesto que en su ausencia nació Elvira, que ya tenía dos años y caminaba.
Un solar en la avenida Príncipe de Asturias fue el lugar para crecer. En una zona clave del barrio, levantó con sus manos un edificio con cuatro viviendas y un local que se convertiría en la primera ferretería de La Calzada. Jovial y positivo de naturaleza, su carisma y laboriosidad hizo el resto. Poco tardó en que los pedidos le llovieran. Los tornillos, clavos, argollas no faltaron, tampoco los frigoríficos, microondas y televisores que durante el Mundial del 82 llegó a vender más de 160. Hacían de todo, hasta coronas de flores para funerales.
El crecimiento de La Calzada le llegó hasta la puerta de casa, cuando un día recibió una invitación para vender el edificio, ya que Príncipe de Asturias se iba a ampliar. Era 1986, la jubilación llamaba a su puerta y pudo sacar 90 millones de pesetas de la operación. Con las mismas, pasó a una vida plácida entre la huerta, los libros de historia y la familia, de la que no se separaba ni para ir al bar.
Le dio libertad para ir a visitar a Marisina, afincada en Cuenca y a la que le hizo la casa y la farmacia. También le tocó sufrir el fallecimiento repentino de esta hija. Fue Suárez el que se encargó, como siempre, de levantar el ánimo de la familia y buscar el lado positivo. Continuó haciendo de la huerta su gimnasio particular y así cumplió 104 años, en una celebración algo apagada, ya que a los pocos días fallecería su inseparable compañera. Una vez más, Suárez tiró de garra para salir adelante. Mantuvo su pasión por la huerta, sus paseos por La Calzada, donde algunos le llaman "El Campeón" y sus consejos a la gente joven para seguir su ejemplo de trabajo y entrega como un ejemplo de constancia y sacrificio.
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