El nombre de Lorenzo Silva se escribe en letras doradas en la Semana Negra y el escritor inaugura el palmares del Premio "Domingo Villar" a toda su trayectoria
El festival recupera el galardón para reconocer toda una dedicación profesional y entrega al autor un "Rufo de oro": "El novelista no está para sentar cátedra sino para mostrar la complejidad de los conflictos"
Miguel Martín
Una conversación entre un padre y un hijo, la corrupción que atraviesa un despacho, la guerra de Afganistán, las cicatrices de ETA, las prácticas de una multinacional capaz de aplastar a sus trabajadores o una pandemia que cambia el mundo, todo eso cabe en una novela negra, o al menos en las de Lorenzo Silva. Durante más de tres décadas, el escritor ha utilizado el crimen como punto de partida para explorar las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Esa trayectoria recibió este jueves el primer Premio "Domingo Villar" de la Semana Negra.
El acto inauguró una nueva etapa para un reconocimiento que nació en salamanca y que ahora encuentra acomodo en Gijón con un objetivo distinto al original, dejar de premiar una novela concreta para distinguir una carrera literaria y conservar vivo el nombre de Domingo Villar, uno de los escritores fundamentales del género en español, cuya huella seguirá ligada desde ahora al festival. Por ello no fue casual que el símbolo elegido para la ocasión mirase al pasado, Silva recibió una réplica dorada del primer Rufo de la historia de la Semana Negra, la misma figura que acompaño el nacimiento del festival hace casi cuatro décadas y que, convertida ahora en "Rufo de Oro", distinguirá a los futuros ganadores.
Ese no fue el único recuerdo que se llevó de Gijón. El novelista recogió también una réplica de las emblemáticas letras de la ciudad, un obsequio entregado por el concejal de Festejos, Jesús Martínez Salvador, y por el gerente de la Empresa Municipal de Aguas (EMA), Vidal Gago. Salvador expresó su deseo de que Gijón pudiera convertirse algún día en escenario de una investigación de Bevilacqua y Chamorro y dejó al escritor una invitación. Por su parte, Gago confesó su admiración por el escritor y aseguró que "Castellano es el libro que a mí me habría gustado escribir", en referencia a uno de los libros de Silva.
27 años de "hospitalidad"
Antes de iniciar una charla distendida con dos jueces del premio, Javier Sánchez Zapatero y Lorenzo R. Garrido, Silva quiso repetir varias veces "la palabra que más le gusta pronunciar", "Gracias". Agradeció a la Semana Negra por el apoyo, el cariño y la hospitalidad que, recordó, le han acompañado desde su primera visita al festival hace ya veintisiete años. Dio las gracias también al jurado por inaugurar con él un premio que considera un "auténtico honor". Después dirigió su reconocimiento a todos los maestros que lo formaron, desde los profesores que encontró en las aulas hasta aquellos a los que nunca llegó a conocer porque solo pudo aprender de ellos a través de sus libros. Y reservó las palabras más emocionadas para sus primeros maestros: su padre, que sigue acompañándolo, y su madre, ya fallecida, de quienes dijo "nace cualquier logro que haya alcanzado como escritor".

Lorenzo Silva, con Reynaldo Sietecase y Claudia Piñeiro / Juan Plaza
El último agradecimiento fue para el Domingo Villar novelista, y también el amigo. Recordó conversaciones compartidas, viejas comidas y la cercanía de un escritor al que definió por la "calidez y la humanidad" que transmitía dentro y fuera de sus novelas. Contó que había viajado hasta Gijón releyendo "La Playa de los ahogados", uno de los trabajos del escritor vigués, y confesó que volver a esas páginas le hizo sentir de nuevo su presencia. "Releer a Domingo me ha hecho volver a sentir su mirada", afirmó. Porque, defendió, un escritor capaz de dejar una obra como la suya nunca termina de desaparecer.
Más adelante, Silva volvió sobre la esencia de la novela negra para alejarla de la imagen del "simple enigma policial". Explicó que nunca le han interesado especialmente las técnicas de investigación ni los avances tecnológicos con los que se resuelven los casos. Lo que realmente le atrae son las conductas que hay detrás del delito, esas zonas oscuras donde afloran el miedo, la ambición, la violencia o el poder. Ahí, aseguró, es donde se encuentra el verdadero material de las historias. Desde ese mismo punto de vista defendió también el papel del escritor. A su juicio, una novela no debe dictar sentencias ni ofrecer respuestas cerradas. "El novelista no está para sentar cátedra, está para plantear preguntas y mostrar la complejidad de los conflictos", expresó, ya que la última decisión, sostuvo, siempre pertenece al lector.
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