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Opinión | Reflexiones desde el oeste

Nos queda la palabra

Vivimos rodeados de palabras y, sin embargo, cada vez más necesitados de conversación. El ruido las desgasta, la prisa las vacía y la polarización las convierte en armas. Quizá por eso sigo creyendo que, cuando todo parece perdido, todavía nos queda la palabra.

Estos días, Gijón despide a uno de sus poetas, Vicente García. Con él se marcha una voz profundamente ligada a esta ciudad, pero permanecen sus versos. Entre ellos, esa invitación a habitar «las palabras ajenas y las propias», recordándonos que el lenguaje no solo nos pertenece: también nos une, nos acoge y nos hace responsables de la vida de los otros.

Blas de Otero escribió «Me queda la palabra» en uno de los momentos más oscuros de nuestra historia. Paco Ibáñez la convirtió después en canción, recordándonos que, incluso cuando se pierde casi todo, permanece la posibilidad de nombrar el mundo y empezar de nuevo.

Hannah Arendt nos recordó que la palabra es el lugar donde aparecemos ante los demás. Hablando no solo comunicamos: revelamos quiénes somos y hacemos posible un mundo compartido. Allí donde la palabra deja de dirigirse al otro comienza también una forma de exclusión.

Por eso importa tanto cómo hablamos de las personas en situación de sinhogarismo. Con demasiada frecuencia hablamos sobre ellas y muy pocas veces con ellas. Las convertimos en estadísticas o problemas por resolver, olvidando que, antes de necesitar un techo, necesitan recuperar algo esencial: ser reconocidas como personas.

Una palabra puede convertirse en el primer refugio. Un "buenos días" pronunciado mirando a los ojos, recordar un nombre o detenerse unos minutos para escuchar sin prisas son gestos que devuelven dignidad. Porque la exclusión no empieza solo cuando falta una vivienda; comienza también cuando alguien deja de ser visto y escuchado.

El acompañamiento social consiste en mucho más que ofrecer recursos. Consiste en ayudar a reconstruir una historia y devolver la voz a quien ha terminado creyendo que ya no tenía nada importante que decir. En ese camino aprendemos, como escribió Vicente García, el valor de «las palabras ajenas y las propias».

Las palabras, por sí solas, no cambian la realidad, pero ninguna transformación verdadera comienza sin ellas. En un tiempo donde abundan los discursos y escasea la escucha, recuperar el valor de la palabra es también un homenaje a quienes hicieron de ella su casa. Hoy, al despedir a Vicente García, comprendemos que los poetas no mueren del todo mientras sus versos sigan habitando nuestra memoria y nuestra conciencia.

Porque, mientras existan las palabras, las ajenas y las propias, nunca estaremos del todo deshabitados. Y cuando parezca que ya no queda nada, seguirá quedándonos la palabra.

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