Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Reflexiones desde el oeste

Gijón del alma

Gijón es una de esas ciudades que, sin que apenas lo advirtamos, terminan habitándonos.

Llegué desde Barcelona hace ya veinte años. En realidad, no me era un lugar desconocido. En mi infancia habían dejado huella los veranos de chaqueta, los paseos por Begoña, los baños en Estaño, donde el mar parecía ensanchar el tiempo y la felicidad tenía el sonido de las olas y el monte. Entonces aún no sabía que aquel paisaje acabaría convirtiéndose en mi hogar.

Con los años comprendí que Gijón no solo mira al mar: es puerto. Y los puertos tienen una forma especial de entender la vida. Acogen sin preguntas, ofrecen refugio sin exigir explicaciones e invitan, con naturalidad, a formar parte de una comunidad donde el compromiso vale más que la apariencia. No basta con llegar; Gijón te anima a implicarte, a participar y a construir junto a las demás personas.

Aquí nació mi segunda hija y, con ella, una pasión compartida por la tierrina. Quizá porque el amor por un lugar también se aprende caminándolo. Pasear sus calles, descubrir sus barrios, conversar con quienes los habitan, participar en sus asociaciones, iniciativas y encuentros deja una huella profunda en quienes venimos de fuera. Poco a poco una deja de sentirse visitante para formar parte de un "nosotros" que no entiende de orígenes, sino de afectos.

He aprendido tanto en el día a día de Gijón como durante mis años de universidad o en mi recorrido profesional por distintos lugares del mundo. Porque una ciudad y su entorno también educa. Enseña a través de sus plazas, de sus conversaciones, de su tejido asociativo, de sus librerías, de sus bibliotecas, de sus escuelas, de su voluntariado y de quienes dedican su tiempo a hacer mejor la vida de los demás.

Pienso en la FELIX, en la Semana Negra, en Poex, en el Festival Internacional de Cine de Gijón, en FETEN, en los Premios Princesa de Asturias. Pienso también en la Universidad Popular, en la Noche de los Museos, en el arte que irrumpe en las calles, en los debates, en las pequeñas iniciativas vecinales y en la inmensa red de asociaciones y entidades que sostienen la vida cotidiana de la ciudad. Tanta cultura, tanta participación, tanta "cuidadanía", tanto compromiso.

Por eso reivindico el abrazo de Gijón. Un abrazo que también exige, que invita a comprometerse y a devolver a la ciudad una parte de todo lo que ofrece. Quizá esa sea su mayor grandeza: hacer sentir a quienes llegamos que, sin dejar de ser quienes éramos, podemos convertirnos en gijoneses del alma desde el oeste, pero también desde el este, el norte y el sur.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents