Opinión
Albergue hecho Hogar
El silencio cargado de historia dentro de la capilla de San Esteban de El Natahoyo, ahora espacio cultural, parece haber borrado su accidentada inauguración. Quién le iba a decir a la alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón, que su comitiva habría de ser escoltada ante vecinos encolerizados, precisamente, en uno de los actos más esperados por ella y el barrio. Perplejidad también entre los representantes del Club Rotario, entidad que ha liderado esta restauración y que nunca imaginó semejante guinda al arduo trabajo desarrollado. No es justo.
Resulta que ha coincidido el final de la operación de rescate de esta joya de la historia local con la noticia de que el Albergue Covadonga se traslada temporalmente a El Natahoyo para emprender la reforma de su edificio. Desde hace días, crespones rojos cuelgan de algunas ventanas de la zona, tras el llamamiento que la Asociación de Vecinos Pando de Poniente hizo a través de una nota buzoneada. La entidad denuncia que el traslado se decidió sin consultar, ni siquiera avisar. Y rechaza el futuro ir y venir de las personas que forman parte del duro universo del sinhogarismo.
En efecto, un acuerdo entre Ayuntamiento de Gijón, Compañía de Jesús y Hogar de San José ha propiciado que instalaciones en desuso de este último tras su remodelación sean alquiladas a la administración local para acoger a las personas atendidas por el Albergue Covadonga. Y, así, el Albergue regresa provisionalmente al barrio en el que nació.
Curiosamente, uno de los argumentos de la asociación vecinal para rechazar el traslado es la proximidad de estos seres de vidas enredadas hasta el punto de haberlo perdido todo con las chicas y chicos acogidos en el Hogar de San José, cuyas existencias también han sufrido reveses diversos que desembocan en uno: sus familias no pueden ofrecerles estabilidad. Es significativo que el temor de la entidad vecinal no sea compartido por el propio Hogar. Éste habrá analizado pros y contras antes de decir sí. Con verdadero conocimiento de causa, propia y ajena.
En realidad, tras la preocupación por niños y niñas del Hogar, a los que la asociación suma los centros educativos cercanos, late el miedo verdadero: compartir calle con personas que pueblan los márgenes de la sociedad, con sus oscuridades y peligros. Es un miedo legítimo. Al que convendría despegar la costra de la aporofobia. Una cosa es la preocupación por la seguridad y otra el rechazo a la fealdad de la pobreza. Cuánto hay de cada elemento es algo que deberíamos sinceramente preguntarnos.
En vez de salir a deslucir la esperadísima apertura de nuestra capilla, tal vez habría tocado intentar el diálogo. Si no fue antes, que sea ahora. A la vez, la buena gobernanza es también invertir tiempo en consensuar. Y prever que, si se hace deficientemente, los miedos se desbocan.
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