Opinión
La ruleta rusa de las agresiones en Sanidad
Vivimos en una sociedad que ha decidido que la inmediatez es un derecho absoluto. Y cuando el sistema se tensa, cuando las listas de espera aprietan o la demora en urgencias se alarga, el profesional sanitario se convierte en el pararrayos de una frustración que no le corresponde.
Lo digo con claridad: hemos normalizado lo inaceptable.
Cualquier compañero con el que hable lo confirmará. No hay técnico, médico o enfermera en Asturias que no haya vivido en carne propia, o en la de un colega cercano, la violencia en alguna de sus formas. Y no hablo solo del golpe, del empujón, del mordisco o de la agresión física evidente. Hablo de esa violencia diaria que hemos llegado a considerar "gajes del oficio": el insulto cuando no recetas lo que el paciente exige; la amenaza velada de "te vas a enterar" o "no sabes quién soy yo"; la coacción para saltarse un triaje; el escupitajo, el gesto amenazante, el grito a dos centímetros de la cara.
Lo más grave no es solo que ocurra, sino que gran parte de estas agresiones ni siquiera se notifican. El profesional traga saliva, se seca las lágrimas, respira hondo y vuelve a salir a atender al siguiente paciente. Porque la profesionalidad pesa más que el miedo, pero la mochila se va llenando.
Por eso es tan relevante, y quiero ponerlo en valor, que en Asturias se haya constituido en este 2025 un observatorio de agresiones a personal sanitario. Hecho que muestra que existe un problema real.
Es un paso fundamental. No porque un organismo vaya a detener por sí solo un golpe, sino porque lo que no se cuenta, no existe. Necesitamos cifras, necesitamos mapas de violencia y, sobre todo, necesitamos que la administración diga alto y claro: "Tocar a quien te cuida es una línea roja".
Pero el papel no para los golpes. Para que esa línea roja sea real, necesitamos personal de seguridad presencial y efectivo.
Me aterra pensar que estamos jugando a la ruleta rusa. Si no ponemos medios físicos disuasorios ya, esa desgracia que todos tememos en voz baja acabará ocurriendo tarde o temprano. Y entonces, de nada servirán los gestos solemnes. No quiero que lleguemos al día en que tengamos que guardar un minuto de silencio en la puerta de urgencias en memoria de un compañero. No quiero lazos negros, ni discursos oficiales lamentando lo irreparable que podría haberse evitado. La prevención debe aplicarse con urgencia a nuestra propia integridad física antes de que sea demasiado tarde.
De nada sirve tener el sistema mejor financiado si el profesional trabaja con miedo. La salud no se mide solo en parámetros clínicos, se mide también en el respeto mutuo y en la seguridad de quien presta el servicio.
No somos héroes, ni villanos, ni sacos de boxeo. Somos personas. Somos sus vecinos. Somos quienes estaremos ahí, sosteniendo tu mano o la de tu madre, cuando las cosas se pongan feas.
Este observatorio debe ser el principio del fin del silencio, pero la seguridad física debe ser la garantía de nuestra supervivencia. Porque cuidar de quien te cuida es, quizás, el acto de salud pública más urgente que tenemos pendiente.
La próxima vez que entre en una consulta, recuerde: detrás de esa bata hay una persona que dedica su vida a intentar mejorar la suya.
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