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Cultivar o consumir el tercer sector

El martes se presentó en Asturias el informe del Tercer Sector de Acción Social, promovido por la Mesa del Tercer Sector de Asturias. Un documento necesario para entender mejor una parte fundamental de nuestro entramado social. Ese mismo día tuve la oportunidad de participar en una charla vinculada a su presentación. Y, curiosamente, lo primero que me vino a la cabeza no fue ningún dato ni ninguna tabla.

Pensé en un huerto. Hace tiempo, una noche de verano en el campo, observaba el huerto de mi suegro. Un terreno trabajado con tiempo, constancia y mimo. Vulnerable al clima, a las plagas, a lo imprevisto. Un espacio donde nada ocurre de manera inmediata y donde todo depende de una decisión previa: querer cultivar. Y pensé que el tercer sector se parece mucho más a eso que a una cadena de producción. Porque cultivar no es producir en serie. No es industrializar. Cultivar exige intencionalidad, paciencia y una mirada larga. Y eso es, precisamente, lo que muchas veces echamos en falta cuando hablamos del tercer sector.

Durante años hemos intentado definirlo como si el problema fuera conceptual. Pero no lo es. El verdadero problema es de mirada. Cuando hablamos de "tercer sector" lo enmarcamos en una lógica productiva. Sin darnos cuenta, lo explicamos con el mismo lenguaje con el que hablamos de mercados o proveedores. Así ocurre algo peligroso: una parte acaba atrapando el todo.

El imaginario dominante reduce el tercer sector a entidades profesionalizadas, centradas en la provisión de servicios. Y aunque eso forma parte de la realidad, no la acota. Deja fuera a asociaciones vecinales, culturales, comunitarias, cooperativas, empresas de inserción o movimientos sociales que no se sienten representados bajo ese paraguas.

Cuando alguien no se siente parte, aparece la desafección. Y la desafección fragmenta. Si queremos entender su verdadero valor, quizá debamos mirarlo no por lo que hace, sino por lo que produce en términos democráticos. El tercer sector democratiza la economía cuando demuestra que no todo puede reducirse al mercado o al Estado. Y democratiza la participación cuando crea espacios donde las personas no son usuarias ni clientas, sino protagonistas.

Ahí actúa como hábitat democrático. El problema surge cuando confundimos profesionalización con industrialización. Cuando la lógica del proyecto sustituye a la del proceso. Cuando el tercer sector se define solo por su capacidad de gestionar servicios. En ese momento deja de incomodar. Y cuando deja de incomodar, deja de transformar.

Mi suegro podría comprar tomates. Pero decide plantarlos, cuidarlos y compartirlos. El tercer sector se parece mucho más a eso. Y la pregunta no es si es eficiente, sino si estamos dispuestos a cuidarlo. Quizá el reto no sea redefinir el tercer sector, sino decidir si queremos cultivarlo… o simplemente consumirlo.

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