Opinión | La trastienda
Un año nuevo para no callar
A nueve días de que finalice el año, con la duda sobre si la Lotería de Navidad nos convertirá en protagonistas de un minuto de televisión, sidra espumosa incluido, estoy segura que si algo he aprendido en este año es a vivir en la incertidumbre. Desde la mas banal, en horas sabré si tapar los agujeros económicos con la Lotería será posible, hasta la más esencial como es que será del futuro de mi país y de mi ciudad, de las personas que quiero.
Los acontecimientos de este mundo, los reales y los que se inventan, no proporcionan estabilidad alguna. Dirigentes carentes de vergüenza y valores se levantan dispuestos a bombardear países mientras protegen genocidios; los dueños económicos del mundo sigues destruyendo y explotando la naturaleza porque vale más el dinero que un pulmón sano; personajes estrafalarios gritan las "bondades" de las dictaduras, cuestionan la represión probada y llegan al poder con el voto, precisamente de quienes fueron más atacados en esos tiempos de falta de libertad, y personas que creíamos progresistas se hunden en la corrupción y los delitos sexuales contra las mujeres –presuntos por ahora– en un comportamiento casposo y asqueroso que lleva al fango a quienes están llamados a defender y trabajar por una sociedad humana, justa, de progreso, empática y donde nadie se quede ni atrás ni solo.
Si, los tiempos no son buenos para la lírica, pero en unos días estaremos celebrando una Navidad con los nuestros, y es ahí, en ese espacio de las personas que queremos y nos quieren, que valoramos y nos valoran, donde están mis certidumbres. El remedio ante un mundo hostil siempre ha sido la casa, el espacio donde la conversación nace del respeto y la empatía, la crítica de la aportación para mejorar, la caricia del cariño, ese sitio donde tender puentes a las relaciones sanas, sin algaradas, sin imágenes publicadas, en el silencio cálido de la intimidad.
Y desde ahí, con la certidumbre de tener los pies bien enraizados en esa casa, levantar la cabeza y la voz. No dejarse callar por quienes más gritan porque ese ruido quieren que tape sus vergüenzas del mensaje y la intención, no pensar nunca que el problema es de "la otra persona" porque yo no soy ella ni como ella, no creer nunca que el camino está despejado para quienes desean volver a los tiempos de blanco y negro, ricos por merecimiento y pobres por determinación. No callar ni ante los que parecerían los "tuyos" porque nunca me creí y mucho menos admití que la idea de "son nuestros monstruos" (la frase es nuestros hijos de puta, pero es muy machista) era justificación de nada, absolutamente de nada.
Les deseo momentos diarios de felicidad serena.
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