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Atragantamiento: ¿Qué hacer? puedes salvar una vida

Por @soyivanespada, el enfermero de confianza

En Navidad, en Asturias y en cualquier casa donde varias generaciones se sientan alrededor de una mesa, hay un enemigo silencioso que aparece justo cuando menos lo esperamos: el atragantamiento. No es un tema agradable, pero sí urgente. Y, como enfermero, sé que hablar de ello puede salvar vidas.

Porque seamos sinceros: en estas fechas comemos deprisa, hablamos mientras masticamos, brindamos más de la cuenta y nos enfrentamos a alimentos que, aunque deliciosos, son auténticos clásicos del riesgo. Polvorones que se deshacen… o no tanto. Carnes fibrosas. Langostinos que obligan a tirar de dientes. Y, por supuesto, las uvas de fin de año, que cada 31 de diciembre se convierten en una carrera contrarreloj que nadie pidió.

A todo esto, se suma algo que todos hemos visto: niños probando alimentos que no forman parte de su dieta habitual, mayores con dificultades para manejar ciertas texturas y adultos que, tras un par de sidras o vinos, pierden precisión en los gestos más básicos como masticar. La torpeza festiva existe, y también aumenta el riesgo.

El atragantamiento no distingue edades, pero sí circunstancias. Y en Navidad, todas se alinean.

Cuando ocurre, los nervios no ayudan. El conocimiento, sí. Lo primero que debemos recordar es que, ante un atragantamiento, la reacción instintiva suele ser la peor: gritar, zarandear, meter los dedos en la boca o dar agua. Nada de eso ayuda.

Lo que sí ayuda es seguir tres pasos muy simples que cualquier persona puede aplicar en casa. Si la persona tose, déjala toser. La tos es el mecanismo más eficaz que tenemos para expulsar un cuerpo extraño. No la interrumpas, no la golpees, no la tumbes. Acompaña, tranquiliza y observa. Mientras tanto que alguien llame al 112 y explique lo ocurrido (quizás se quede en una anécdota).

Si no puede toser, hablar o respirar, entonces cinco palmadas interescapulares, firmes, dirigidas hacia arriba, entre los omóplatos. No son caricias: son golpes controlados que buscan generar presión para desalojar el alimento.

Y si no funciona, la maniobra de Heimlich: un abrazo por detrás, puños entrelazados por encima del ombligo y presión hacia dentro y hacia arriba. Es una técnica sencilla, pero decisiva. Y sí, todos deberíamos saber hacerla.

No se trata de ser héroes, sino de estar preparados. Porque en un atragantamiento, cada segundo cuenta. Por lo que no desplacéis a la víctima, seguid haciendo la maniobra hasta que llegue el equipo sanitario.

La prevención también se sirve en la mesa. No todo es reacción. Mucho se puede evitar antes de que ocurra: cortar bien los alimentos, especialmente para niños y mayores; evitar que los pequeños corran, jueguen o hablen con comida en la boca; recordar que el alcohol reduce reflejos y coordinación; no convertir las uvas en una competición olímpica; adaptar texturas para quienes lo necesitan sin dramatizarlo.

La Navidad es celebración, pero también convivencia. Y cuidar de los nuestros empieza por entender que la salud no solo se juega en los hospitales, sino en cada gesto cotidiano.

He visto demasiados sustos que podrían haberse evitado. Y también he visto cómo una persona sin formación sanitaria, pero con calma y conocimiento, ha salvado una vida en su propia casa.

Por eso escribo esto. Porque la salud también se defiende en la mesa de Nochebuena, en la sobremesa del día 25 o en ese momento exacto en el que las campanadas empiezan a sonar.

Que esta Navidad brindemos, riamos, comamos y celebremos. Pero que lo hagamos con cabeza. Porque la prevención, igual que la sidra bien escanciada, también es una tradición que merece mantenerse.

Y recuerda: en casa, tú también puedes ser el primer eslabón de la cadena que salva una vida. Por @soyivanespada.

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