Opinión
Scattergories
Mi abuela y yo esperábamos el autobús de plaza Europa para ir al único centro comercial que, en aquellos años, nos prometía precios ajustados. Eran tiempos sin compras por internet, sin supermercados en cada esquina y en los que los tickets se pagaban a toca teja. Aquel día apresuramos el llenado de la despensa porque el parte hacía sonar tambores de guerra en varias latitudes del planeta. Países que, a mis imberbes nueve años, no era capaz de situar en el mapa. Yugoslavia, Kuwait, Irak… todo sonaba aterrador.
Mis abuelos habían concluido que tocaba aprovisionar aceite, garbanzos y todo aquello que pudiera hacer falta si llegaban tiempos de guerra y necesidad. Yo no sabía si sucumbir al temor que se respiraba en nuestros barrios o relativizar la inquietud. Bastante tenía con crecer entre horas de parque y dibujos animados por las mañanas. Con el tiempo entendí que aquel miedo no era excepcional, sino aprendido. Quizá por eso hoy, décadas después, algunas escenas me resultan inquietantemente familiares.
Empieza 2026 con fuerza. Una fuerza que hace a todo el mundo esgrimir esa medio sonrisilla nerviosa de quien no sabe cómo mirar al presente. Uno tiene la extraña sensación de que el nuevo siglo se ha iniciado el 3 de enero, una nueva era que da carpetazo al buen-rollismo occidental simulado durante estas décadas. Hasta el momento la partida se había desarrollado con la normalidad de quien envida a chica, a grande, a pares y punto. Una mesa en la que cada vez se han ido sentando más protagonistas que quieren llevarse amarracos y no están dispuestos a ser convidados de piedra. Hasta que uno ha dicho… "es mi Scattergories y me lo llevo". Y la partida, de pronto, ha dejado de ser un juego.
¿Y qué han hecho el resto de jugadores de este "nuevo orden internacional"? Mirarse con esa sonrisilla nerviosa que deja a uno bloqueado y con cara de… "Y yo allí con mi ordenamiento jurídico internacional como un gilipollas, madre…"
Pinta que las reglas del juego van a cambiar. En este mundo global nos hemos creído que solo existen dos maneras de entender cómo deben avanzar las cosas. Dos bandos, dos relatos, dos verdades enfrentadas que nos tranquilizan porque simplifican una realidad mucho más incómoda.
No se que pasará en los próximos meses y años. No se si toca hacer acopio de semillas o si podemos seguir flotando como seres de luz despreocupados de todo aquello que no nos salpique. Pero si tengo clara una cosa: mis abuelos siempre vivieron desde la lógica de quien sabe que, en algún momento, puede tocar sobrevivir. Sepan, queridos lectores, que no veo ahora mismo al mundo preparado para sobrevivir. Espero equivocarme.
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