Opinión
Defender lo Q+ para defender los derechos humanos
Abandonar a cualquier minoría es una canallada
Hace décadas que la izquierda entendió que uno de sus principios fundamentales debía ser no dejar a nadie atrás. Que nuestra misión es trabajar por el avance de todas las personas de la sociedad en lo relativo tanto a sus realidades económicas como al reconocimiento y la defensa de sus diversas identidades, que de igual forma condicionan su existencia en la sociedad, también en el sentido más material de los posibles. Es una de las piezas que nos hace ser lo que somos como movimiento político y nos distingue de lo que hay al otro lado: el supremacismo.
Por eso la decisión del PSOE de Xixón de romper, de la mano de Vox, el consenso municipal en la condena de las agresiones contra el colectivo LGTBIQ+ fue incomprensible. Por eso el motivo esgrimido –la presencia de esas letras "Q+"– fue mezquino y decepcionante. Pero, sobre todo, la explicación por parte de algunas cabezas visibles ha sido sencillamente espeluznante. Hemos leído a Dulce Gallego asegurar textualmente que las siglas del colectivo representan a "pedosexuales", y en estas mismas páginas Begoña Fernández vinculaba lo queer a la promoción de la prostitución y los vientres de alquiler. ¿Qué clase de basura difamatoria es esta?
Quizás no se pueda separar lo que está pasando de la ola retrógrada que nos invade en todo el mundo. Desde luego, los bulos y los ataques frontales contra las disidencias sexuales y de género que venimos presenciando se diferencian poco de los que perpetraría cualquier representante, nuevamente, de Vox. Y a nadie se le escapa que dejar caer una "Q" o un "+" es cobrarse una primera presa más fácil de lo que serían otras de las letras que conforman el colectivo, porque sus realidades son ya más familiares para el conjunto de la sociedad. ¿Pero cómo hemos llegado a este punto y exactamente a quién representan quienes colocan al colectivo en el disparadero desde el púlpito del Partido Socialista?
Seguirán corriendo ríos de tinta sobre una maléfica "teoría queer" para transmutar en un supuesto debate académico lo que no es sino el odio de siempre a lo diferente y a lo que no se entiende, a aquello que amenaza a una forma cerrada de ver el mundo. Un debate, por otra parte, cuya complejidad es paradójicamente reducida a simplezas como el "borrado de las mujeres", que recuerda a aquel borrado de la familia que se iba a producir porque cada uno se casase con quien le diera la gana.
Y es que partidos, medios de comunicación y amplios sectores sociales están permitiendo que se dedique a las personas trans o queer las mismas barbaridades que se decían hace 20 años de gays, lesbianas o bisexuales, y que ahora nos hacen llevarnos las manos a la cabeza. Todo ello, arrogándose de forma torticera la representatividad de un movimiento feminista que ha demostrado que es abrumadoramente inclusivo, y que da la espalda a estas derivas excluyentes y lunáticas.
Como bien dice Yosune Álvarez, presidenta de Xega, las personas LGTBIQ+ "no somos teorías, estamos en la calle y nos dan de hostias". En 2024, han aumentado en un 133% las agresiones físicas contra el colectivo en Asturies; un 600% en contextos de ocio nocturno. Y esas hostias, inequívocamente, las azuzan quienes esparcen espantosas acusaciones falsas como hacen Gallego o Fernández, poniendo en el punto de mira a tanta gente solo por querer vivir tal y como es. Igualmente, responsables son quienes las sostienen en una posición de poder para ejercer esta violencia.
En este sentido, no es baladí que Asturies, tras 12 años consecutivos de presidencia socialista, sea la única comunidad autónoma sin ley LGTBIQ+ junto a Castilla y León. ¿Cuál es exactamente la posición del PSOE asturiano sobre los derechos de las personas LGTBIQ+?
Es triste tener que explicar esto, pero no está en marcha ningún plan maléfico de "sustitución" que parece más propio del programa de Íker Jiménez que de un partido político progresista. Añadir "Q+" a las siglas del colectivo no tiene otro fin que representar las realidades de las personas que lo conforman, en aras de una plena inclusividad, a medida que esas personas adoptan definiciones de su identidad y expresión de género con las que se sienten representadas, que les permiten erigirse en sujetos políticos. No es difícil entenderlo desde el espíritu, sencillamente, de respetar a cada quien como es. Y sobre todo, incorporar esas siglas es una decisión que toma el propio colectivo de forma autónoma, conjunta y democrática, y ellos, ellas y elles son quienes mejor conocen su realidad.
Muchas de las personas que se engloban bajo ese paraguas también son mujeres feministas que luchan por los derechos de todas nosotras, desde la perspectiva interseccional que responde a la realidad de nuestra sociedad. Porque el feminismo tiene que ser diverso como lo son las mujeres, o no es feminismo; porque la izquierda es intrínsecamente solidaria, y por ello es incompatible con luchar una sola lucha, con abordar unos factores de opresión e ignorar los que no nos afectan personalmente.
Nos gustaría pensar que en una organización progresista solo sobran quienes ejercen el odio y la violencia. Pretender dejar caer de esta forma al colectivo LGTBIQ+ o a las personas queer por los prejuicios de un sector ruidoso y trasnochado sería un retroceso sin precedentes. La historia nos enseña que abandonar a cualquier minoría es una canallada incompatible con los valores más elementales no ya de la izquierda, sino de una sociedad que pretenda respetar la dignidad de todas las personas que la conforman. No hay orgullo para algunes si no hay liberación para todes.
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