Opinión
Javier Gómez Cuesta
La Iglesia y Adamuz
El papa Francisco redundante en acertadas imágenes de la Iglesia, la denominó con intención de darle un cambio y un empujón en su misión y quehacer en el mundo, como "Iglesia, hospital de campaña". Lo acaba de ser y cumplir al pie de la letra en la parroquia de San Andrés de Adamuz, donde se ocurrió la grave tragedia del descarrilamiento de dos trenes de alta velocidad este pasado domingo, 18 de enero.
En cuanto llegó la noticia del desgraciado accidente, el párroco abrió la iglesia, encendió la calefacción, corrió los bancos para dejar espació y comenzaron a llegar parroquianos con colchones, comida, agua, mantas… todo lo que consideraron que podía ser útil… Para mí, lo más llamativo es cómo lo cuenta Rafael, que hizo honor a su nombre del arcángel, abogado de viajeros y caminantes y que se siente orgulloso de su pueblo, ¡como España entera!: "La respuesta fue generosa y rápida. La ayuda surgió de forma natural de cada vecino, sin necesidad de un llamamiento oficial por parte de las autoridades o la iglesia…" Este joven sacerdote que estuvo al pie del cañón desde el minuto uno en la parroquia y en Hogar del Pensionista, escuchando a heridos y familiares de las víctimas, mirándoles compasivo a los ojos, apretando en silencio sus manos, consolando…, porque además de la sicología, también las vivencias de fe para muchos –muchísimos más de lo que suponen dirigentes varios- son ungüento para las heridas del alma, fue protagonista y testigo de situaciones de personas, como la niña de 6 años que salvó y cuidó una policía y que perdió a toda su familia, o Julio, el muchacho de 16 años que al enterarse "le cambio el cuerpo" y dio más de ocho recorridos del lugar del drama al pueblo trayendo y ayudando a heridos y desdichados. Merecidamente recibió esas esperanzadas palabras del Rey de que veía reflejada en él la juventud de este país. Soy de los que creo que se está cumpliendo este augurio. Una consideración: lo medios de comunicación debieran de dar más publicidad a estas actitudes solidarias, generosas, llena de corazón, de las personas sencillas, normales, que son las más y mejores de este país. Atiborrados de pésimos ejemplos, necesitamos sentir y admirar personas como estas, que de tan raros en los medios, nos parecen héroes.
A la altura ha estado el obispo de Córdoba, un leonés-asturiano, ya que sus padres trabajaron en Gijón, donde él paso sus vacaciones currando para pagarse los estudios. Desde el primer momento estuvo implicado, acudió pronto a la parroquia a consolar a los afectados y alentar a los voluntarios y ofreciendo la colaboración a las autoridades. Me gusta la frase que ha dicho en una entrevista al preguntarle si después del luto habrá gresca política: "La gente de a pie está por encima de cualquier batalla".
Además de la fatalidad, no hay duda ya que ha habido también dejación de funciones. El gobierno propone un "funeral civil". Temo que acabe en "lamento político". Como me dijo un venerable paisano: "Por los muertos lo mejor que podemos hacer es rezar".
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