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Toño Huerta

La lección eterna de Alberdi: heterodoxia, humildad y fraternidad de clase

El mes de julio siempre ha sido una fecha destacada en la historia de las Comisiones Obreras. Hace ahora cincuenta años, un once de julio de 1976, con una organización aún en la clandestinidad, se celebraba en Barcelona una asamblea general en la que decidida pasar de ser una organización sociopolítica a constituirse en un sindicato. Pero ya unos días antes, el dos de julio, se había realizado otra asamblea en Roces con el objetivo de elegir a la delegación asturiana que iría a la capital catalana y debatir las ponencias sobre el reforzamiento y la nueva estructura organizativa del sindicato ante el fin de la dictadura franquista.

El pasado 8 de julio se celebró el Barcelona un acto conmemorativo por el medio siglo de la asamblea y, por esas cosas que a veces tiene el destino, ese mismo día ha fallecido Francisco Prado Alberdi, protagonista de de ambas hechos.

Nacido en el poblado minero de Bustiello, fue hijo de un policía de la dictadura franquista que renunció al cuerpo armado al descubrir la militancia comunista y antifranquista de su hijo. Inició su militancia en la Juventud Obrera Cristiana (JOC), para pasar más tarde a la Unión Sindical Obrera (USO) y al Partido Comunista de España. Por motivos laborales, en 1971 se traslada a Xixón, ciudad donde desarrolló su carrera profesional como metalúrgico y su posterior actividad sociopolítica. Durante la clandestinidad sufrió detenciones, torturas y penas de cárcel por defender las libertades democráticas y los derechos laborales frente al régimen, participando activamente en la transición de Comisiones Obreras de movimiento sociopolítico clandestino a sindicato de clase, siendo durante año secretario general de la Unión Comarcal de CCOO de Xixón.

Esa intensa labor por la “fraternidad de clase” marcó una vida de compromiso de una persona autodidacta, cinéfila y apasionado de la lectura que recibiría diversos homenajes, como la Medalla de Plata de la Villa de Xixón en 2010. Sin quererlo, pues siempre antepuso el bienestar colectivo al individualismo, se convirtió en un referente intelectual para la izquierda sin dejar de ser crítico y, como se definía él mismo, heterodoxo.

Pero sin duda, otro de los episodios que marcaron su trayectoria fue el de ser el primer presidente de la Fundación Juan Muñiz Zapico, desde su constitución en 1990 y durante veinte años; en 2021 sería nombrado presidente honorífico. Sería esta organización la que realizaría el documento titulada “Aguanta Pipas”, una biografía a modo de diálogo entre Alberdi y su amigo e historiador Rubén Vega.

Otro gran amigo de Alberdi ocupa actualmente la presidencia de la Fundación Juan Muñiz Zapico, Juventino Montes, quien me ha inculcado desde mi nombramiento como director, ya no tanto el respeto y reconocimiento de una persona como Alberdi, que ya traía en la mochila, si no la admiración por una persona buena, humilde, de un compromiso inquebrantable, de conversación serena, de esas personas que no te importa estar horas escuchándole.

Se apaga la voz de Francisco Prado Alberdi, pero no la fuerza de su eco. Nos deja un hombre noble y generoso que aprendió muy pronto, en la dureza del metal, que la libertad no se concede, sino que se conquista trabajando codo con codo. Aquel joven que plantó cara a la oscuridad de la dictadura con la única arma de la dignidad y la palabra se convierte hoy en historia viva de nuestra democracia. Su compromiso inquebrantable por los derechos de los trabajadores queda grabado a fuego en las conquistas del presente. Hoy que sus manos descansan, nos queda el deber moral de custodiar su memoria y seguir protegiendo lo que él ayudó a levantar con tanto sacrificio. Alberdi no se va del todo: se queda en cada asamblea, en cada pancarta por la justicia social y en el empeño diario de no dar un paso atrás. Que la tierra te sea leve, camarada. Tu lucha continúa.

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