Opinión
Ezequiel Cala Arias
De nuevo primarias
Hace unos cuatro o cinco años, un veterano militante del PSOE de Gijón, de esos que disfrutan volcando sus reflexiones en estas páginas y publicando sus cositas, me comentaba que el sistema de primarias de nuestro partido estaba viciado. Me advertía de que los estatutos acababan fomentando un presidencialismo excesivo que terminaba por ahogar cualquier tipo de debate interno. La verdad es que le tuve que dar la razón entonces, y se la tengo que dar ahora. El sistema muestra serias costuras e introduce una variante aún más dura: debilita y fragmenta la organización, genera rencores entre la militancia y aviva la confrontación.
Si el PSOE histórico ya convivía con las lógicas discrepancias de distintas familias, corrientes y facciones, las primarias mal entendidas corren el riesgo de volverse perniciosas. Al igual que el sistema de voto directo para los secretarios generales, se ha dado cabida a un elemento de enfrentamiento que ya no solo se circunscribe a los órganos internos, asambleas y comités. Ahora, la tensión no solo salta a los medios de comunicación, sino que se multiplica y se radicaliza en unas redes sociales donde a menudo parece que todo vale.
Las primarias del PSOE, sin la menor duda, resolvieron en su momento el problema de la desconexión que existía entre la cúpula y las bases. Sin embargo, a cambio han instaurado un modelo fuertemente centralizado en torno a la figura del líder, donde el disenso interno se penaliza y la deliberación colectiva ha quedado supeditada al aplauso o al castigo directo. Así es como se construyen hiperliderazgos, al mismo tiempo que se produce una evidente pérdida de contrapesos donde la dirección apenas encuentra oposición interna. Este tipo de liderazgos tiende a segar cualquier opción que pueda hacerle sombra; actúan como el jardinero que diseña, mima y ve crecer su jardín exclusivamente como él piensa que debe ser, incapaz de aceptar la diversidad y extirpando rápidamente aquello que considera «malas hierbas».
Por otro lado, este sistema fomenta plebiscitos personalistas en lugar de debates ideológicos de altura. Cuando trasladamos las primarias al ámbito local, se hace aún más evidente la tendencia a elegir por simpatía, carisma o pura supervivencia política. Esto reduce drásticamente la riqueza ideológica del partido y lo convierte en una maquinaria de adhesión inquebrantable. El proceso se vuelve inherentemente divisivo; las campañas internas suelen dejar heridas profundas en la organización, creando dinámicas de bandos irreconciliables que provocan arrinconamientos sistemáticos. Además, se produce una peligrosa paradoja: en ocasiones, un candidato muy popular entre la militancia puede resultar poco atractivo para el electorado general, o viceversa, introduciendo incentivos ciertamente perversos para el éxito electoral de las siglas.
A esto se suman las barreras impuestas por el propio aparato, como la gestión de los avales. Lejos de evitar la proliferación de candidaturas estrambóticas o puramente testimoniales, en muchas ocasiones solo sirven para ahogar alternativas con un verdadero potencial de éxito.
Finalmente, está el factor humano. A veces, el proceso despierta legítimas ambiciones, pero también egos desmedidos de quienes piensan que están capacitados para cualquier responsabilidad. Y no es así. No todos valemos para todo. Algunos compañeros son indispensables para unas tareas y otros para otras. Lo que debería estar claro en una organización política como el PSOE es que cada uno debe conocer sus capacidades y saber en qué posición del campo le toca jugar para que el equipo gane. De lo contrario, el espacio se llena de intereses particulares y arribismos.
El proceso orgánico que comienza este fin de semana en nuestra villa y en nuestra agrupación local no puede convertirse en un espectáculo penoso. Ya manejamos incluso algún nombre de posibles candidatos, pero cabe preguntarse si son realmente conscientes de si la piscina tiene agua. Lanzarse por lanzarse no ayuda a ninguna causa; al contrario, engendra pasotismo, dejadez y falta de compromiso en aquellos que, el día de mañana, te tienen que empujar y arropar para alcanzar el verdadero objetivo, que no es otro que recuperar la alcaldía. Ver a tanto estratega que presume de saberlo todo y de todo, pero que en el fondo no sabe ni por dónde ir, da todavía más miedo. Gijón no puede seguir acusando el desgaste político ni permanecer bajo la alargada sombra de Carmen Moriyón. Es hora de que demostremos madurez, sepamos ser responsables y nos configuremos, de una vez por todas, como la alternativa seria, unida y creíble que los gijoneses y gijonesas están esperando.
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