Opinión
Francisco Prado Alberdi, el obrero ilustrado
Con el fallecimiento de Prado Alberdi se nos va un representante de esa generación que luchó activamente por recuperar la democracia, llegando a sufrir torturas por su militancia en el PCE y en CCOO y que durante las décadas siguientes siguió defendiendo, a través del activismo sindical y político, los derechos de la clase trabajadora. Fue obrero del metal, responsable de CCOO en Gijón, coordinador de IU Xixón, presidente de la Fundación Juan Muñiz y, también, durante más de 50 años, miembro de la Sociedad Cultural Gijonesa. Nuestra Sociedad le concedió allá por 2012 el galardón que lleva el nombre de uno de nuestros presidentes, el Premio Juan Ángel Rubio Ballesteros, a su dilatada trayectoria en el campo de la lucha obrera y el ámbito de la batalla de las ideas.
Prado Alberdi no era hijo de una familia represaliada, sino de una familia de derechas, aunque humilde. Su padre, originario de un pequeño pueblo de Lugo, fue movilizado por el bando sublevado durante la Guerra Civil, combatiendo en la Batalla del Ebro e ingresando después en la Academia de Policía de Gijón. El padre fue, pues, policía del Régimen, sin embargo, al saber de la militancia de su hijo, abandonó el cuerpo y, como el propio Prado Alberdi contaba con orgullo, acabó votando al PCE.
Francisco Prado Alberdi se había criado en el poblado de Bustiello, pero era gijonés de adopción. Trabajó en el sector del metal y de la construcción, tan importantes en la historiay en la estructura económica de Gijón y con un enorme peso en la configuración histórica del movimiento obrero de nuestra ciudad.
En los años ochenta, cuando el gobierno de Felipe González se adhirió a las políticas neoliberales y propició la reconversión industrial que tan brutalmente golpeó a Asturias, Prado Alberdi dio la batalla desde el ámbito sindical, a través de CCOO, para evitar la liquidación de la siderurgia asturiana; después se posicionó también para evitar la privatización de ENSIDESA y reclamó, infructuosamente, que el Estado conservase al menos el control accionarial, para garantizar que la gestión empresarial quedase condicionada por el interés general. Conviene recordar esto cuando observamos lo que sucede en la actualidad con el Grupo Arcelor Mittal, sus factorías en Gijón y Asturias y las tribulaciones sobre el mantenimiento de la siderurgia integral en Europa.
Por último, quisiera referirme a la faceta de obrero ilustrado que también representaba Francisco Prado Alberdi. Era un hombre que tuvo que empezar a trabajar con 13 años para contribuir a la economía de una familiar “de orden” pero para nada acomodada. No recibió formación reglada a nivel técnico ni académico, sino que empezó su andadura profesional como aprendiz en unos talleres avilesinos; pero lo animaba un hambre insaciable de conocimiento que se expresó en su gusto por la lectura, el estudio, el análisis crítico y el debate, además de ser un auténtico cinéfilo. Y así, de forma autodidacta, se fraguó una sólida cultura general.
La dimensión intelectual de Prado Alberdi no era, sin embargo, un mero barniz para dar brillo la figura de un correoso sindicalista. La acción política y sindical no se podrían entender, a su juicio, al margen de unas estructuras de pensamiento que sirvan para analizar críticamente la realidad, posicionarse y actuar. La acción debía servir siempre para confrontar las ideas con la realidad, sin perder nunca de vista la necesidad de atender a los posiciones y visiones de otros. Y ese ejercicio crítico debería nutrirse siempre y constantemente de conocimientos históricos, económicos, humanísticos y artísticos. El pensamiento de Marx, adecuado al presente y en diálogo constante contra otras corrientes y tradiciones, fue uno de los ejes de la visión del mundo de Prado Alberdi, contraria a cualquier deriva dogmática, simplificadora o totalitaria. Una visión radicalmente democrática desde la que la democracia se queda coja cuando las libertades civiles no se conjugan con derechos laborales, igualdad económica, acceso al saber, pluralismo ideológico y espacios de debate crítico.
Sit tibi terra levis!
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