Opinión

Directora del Centro Integrado de FP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo
Constantino
En ocasiones hacer justicia consiste en deshacer lo que la justicia de un tiempo pasado hizo. Acaba de ocurrirle al histórico fotógrafo gijonés Constantino Suárez, aunque no haya manera de comunicarle la buena nueva, cuarenta y tres años después de su muerte física, ochenta y cinco después de su muerte civil por una condena de cárcel tras la que sólo le quedó malvivir en los márgenes de la sociedad. El ministerio de Patrimonio y Memoria Democrática acaba de reconocer que fue víctima del franquismo, lo que nos obliga como país a su “reparación moral y recuperación de su memoria personal, familiar y colectiva”.
Ha ocurrido a propuesta de la Asociación de Fotoperiodistas de Asturias, AFPA, particularmente de uno de sus miembros, Marcos León, fotoperiodista de LA NUEVA ESPAÑA. AFPA no ha cejado en su empeño de divulgar biografía y obra de Suárez, y propiciar el reconocimiento personal y profesional que merece. Sus imágenes recorren décadas de devenir gijonés, desde la quietud prebélica de los veinte hasta la vida en modo supervivencia de la dictadura; pasando por trincheras, ruinas y víctimas. Sus instantáneas en periódicos del bando republicano le condenaron al ostracismo inmisericorde de las tiranías.
Es cierto que figura y dignidad de Constantino Suárez se han recompuesto en los últimos años. El Museo del Pueblo de Asturias guarda su legado fotográfico, un parque en El Coto lleva su nombre. El realizador Ramón Lluis Bande, comprometido con el despertar de nuestra memoria colectiva, ha recuperado la mirada valiosísima de Suárez sobre la Asturias del antes, durante y después de la Guerra Civil. La periodista de RTPA Leonor Suárez firma una serie audiovisual imperdible -por contenido y formato- integrada en el denominado “Proyecto Suárez”. La historiadora del arte María Pidal, en su libro “Constantino Suárez, l´alma fotográfica al traviés de la vanguardia”, ha sabido vincular parte de la producción fotográfica de Suárez a los ismos artísticos de su época. Son algunos ejemplos.
Pero nada ha sabido Constantino de todo esto. Qué soñó en la soledad de su casa gijonesa, qué proyectos vitales quedaron en su tintero, qué habría expresado en primera persona si hubiera tenido oportunidad, son interrogantes que sólo nuestra imaginación contesta. Sabemos que se preocupó de dejar ordenado su haber fotográfico. Es un indicio de autoconsciencia, dolor por la herida de la injusticia, esperanza en un milagro póstumo.
Ha sucedido. Y, puesta a soñar, fabulo con que una resolución ministerial en 2026 pudiera echar atrás el tiempo y detener el giro trágico de 1940 en la vida de Constantino. Eso sí sería justicia y reparación. Lo único que puede hacerse ahora es reconocer públicamente la tropelía y comprometerse con la memoria de este hombre. Ahora él es, aunque no haya alcanzado a saberlo, uno de nuestros nobles muertos amados.
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