Opinión
El arte, mirar y transformar
Siempre he vivido el Premio "Princesa de Asturias" de las Artes como una invitación a mirar el mundo con otros ojos. Quizá porque cada galardonada deja tras de sí una obra, pero también una manera de entender la vida. Una forma de recordarnos que la belleza no es un adorno de la existencia, sino una necesidad ética.
A lo largo de la última década, Asturias ha abierto sus brazos a creadores y creadoras que ya forman parte de la memoria colectiva. Francis Ford Coppola nos enseñó que el cine puede convertirse en una reflexión sobre la condición humana. Núria Espert hizo del teatro un espacio donde las palabras siguen latiendo siglos después de haber sido escritas. William Kentridge nos obligó a mirar las heridas de la historia; Martin Scorsese convirtió la gran pantalla en un espejo de nuestras contradicciones; Peter Brook nos recordó que basta un escenario vacío para que aparezca el milagro del encuentro.
Todavía hoy es imposible escuchar una melodía de Ennio Morricone o John Williams sin que la memoria viaje hacia lugares que solo existen gracias al poder de la música. Carmen Linares y María Pagés elevaron el flamenco y la danza a la categoría de patrimonio emocional, también desde las aulas. Marina Abramović nos invitó a pensar dónde terminan los límites del cuerpo y comienza el territorio del espíritu. Meryl Streep hizo de cada personaje una lección de empatía. Joan Manuel Serrat puso música a la poesía de varias generaciones, mientras Graciela Iturbide nos enseñó que una fotografía puede contener el alma de un pueblo entero.
Y este año, Patti Smith llega a Asturias como quien trae consigo un cuaderno lleno de canciones, poemas y silencios. Su trayectoria demuestra que el arte puede ser también una forma de resistencia frente al olvido, una defensa serena de la libertad y una manera de seguir creyendo que la palabra todavía puede cambiar el mundo.
Porque las palabras nunca son inocentes. Pueden levantar fronteras o tender puentes; excluir, alimentar el miedo o despertar la esperanza. También el arte comparte esa responsabilidad: nombrar la realidad con honestidad para devolver dignidad a quienes demasiadas veces quedan reducidas a una etiqueta. Cuando una novela, una película, una fotografía o una canción nos ayudan a reconocer la humanidad de la otra persona, dejan de ser únicamente una obra artística para convertirse en un acto de hospitalidad.
Mi madre solía decir que la psiquiatría y el arte compartían una misma vocación: ayudar a comprender el corazón humano. Con el tiempo he descubierto que también la filosofía camina por ese sendero. Las tres nos enseñan a escuchar antes de responder, a comprender antes de juzgar y a recordar que no vivimos solo para producir o consumir, sino para buscar sentido. En una época que exige respuestas inmediatas, el arte nos ofrece algo mucho más valioso: la posibilidad de formular mejores preguntas.
Ese, tal vez, sea el legado más hermoso del Premio "Princesa de Asturias" de las Artes. No solo distingue trayectorias extraordinarias; siembra inquietudes, alimenta el pensamiento crítico y fortalece la convivencia. Nos recuerda que una sociedad verdaderamente avanzada no es únicamente la que innova o progresa económicamente, sino la que sigue reservando un lugar para la emoción, la creatividad y el diálogo.
Cada otoño, cuando las luces del Teatro Campoamor vuelven a encenderse, siento que Asturias renueva un antiguo compromiso con la humanidad. Porque quienes reciben este premio nos dejan mucho más que una obra: nos entregan una forma de mirar. Y cuando aprendemos a mirar de otra manera, también empezamos a nombrar de otra manera. Quizá ahí resida el verdadero poder del arte: transformar nuestras palabras y nuestras creaciones en herramientas necesarias para transformar, poco a poco, el mundo como casa común.
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