Opinión | Comentarios al paso
Otro cuento volteriano
O sea, a la manera de Voltaire. El rey de Babilonia andaba desesperado desde hacía un tiempo. Todos los tesoreros del reino le salían ranas. Todos, los seis que había tenido, esquilmaron las arcas regias, se enriquecieron a su costa. Cada uno de ellos acumuló más riquezas de las que él mismo poseía. El desasosiego del rey llegó a oídos de un sabio extranjero recientemente allegado a sus dominios. El extranjero, conocedor del desespero de Su Majestad, le solicitó audiencia ni corto ni perezoso con el propósito de ofrecerle una solución: un tesorero con las manos limpias. Su propuesta consistía en que quien aspirase a la alta dignidad de recaudador de las finanzas reales debería demostrar ser el mejor bailarín, aquel que danzara con mayor ligereza. A pesar de su escepticismo y de la extravagancia de la fórmula escogida, el rey, tan grande era su desesperación y tanta la determinación del proponente, decidió confiar en la sabiduría del extranjero y dictó la publicación de un bando en el sentido de que todos los que pretendieran el empleo de alto recaudador de dineros de Su Graciosa Majestad se dirigieran en ropa de seda ligera a la antecámara del rey el primer día de la luna del cocodrilo. Acudieron setenta y cuatro aspirantes. En un salón cercano se habilitaron violines y otros instrumentos musicales. Todo estaba preparado para el baile, pero la puerta de aquel salón permanecía cerrada. Para entrar en él había que atravesar una pequeña galería bastante oscura. Un ujier buscaba e introducía a los candidatos, uno tras otro, por aquel pasillo en el que se los dejaba solos unos minutos. En aquel pasadizo, el rey, en connivencia con el extranjero sabio, había depositado todos sus tesoros. Cuando los pretendientes llegaron al salón, el rey ordenó que comenzase el baile. Nunca se vio danza con menos gracia ni más pesadez: cabezas gachas, riñones curvados, brazos pegados a los costados… Solo uno se movía con agilidad: cabeza alta, mirada segura, brazos extendidos, cuerpo derecho, corvas firmes… Ese hombre es el honrado, ese es el hombre bueno, decía el extranjero sabio, mientras el rey abrazaba al buen danzarín, lo nombraba tesorero y decretaba castigo a los demás, porque todos, los setenta y tres restantes bribones, se habían llenado los bolsillos durante su recorrido por la galería oscura o corredor de la tentación y apenas podían caminar. Y menos bailar, claro.
Pontifica el cuentista, muy dado a extraer conclusiones prácticas, que en Persia se habría empalado a aquellos setenta y tres ladrones; pero el rey de Babilonia, indulgente, los condenó a aumentar el tesoro público mediante la confiscación de sus cuantiosos latrocinios.
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