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Ruidos y otras anomalías

El verano no da tregua. A nivel nacional la cosa está que arde, y tal parece que nos persiguieran las diez plagas bíblicas. A una incesante catarata de procesos judiciales ligados a la corrupción, se unieron los incendios exterminadores de dimensiones inquietantes, y en los últimos días la no menos preocupante crisis ceutí. Episodio que no puede tildarse de emergencia humanitaria o migratoria, y parece más bien un amenazante toque intimidatorio, que recuerda mucho a la marcha verde de 1975, y en el que, por más que trate de maquillarse, las autoridades del reino alauita fueron como poco consentidoras, sino cómplices o instigadoras. Los compatriotas de esta ciudad autónoma se han sentido justamente abandonados; mientras nuestra imagen internacional ha quedado seriamente comprometida.

Inaugurada la Feria de Muestras, y ya en vísperas ya de abrir su semana grande, Gijón ha entrado en plena efervescencia veraniega y festiva. Y bien que se nota, incluidas algunas que otras molestias no menores para los vecinos habituales. Lo de aparcar se está volviendo misión imposible estas semanas, ni siquiera recurriendo a los aparcamientos privados que lucen el aviso de "completo" prácticamente a diario. Las imágenes, distribuidas en redes, de vehículos invadiendo zonas peatonales o verdes, deben encender las alarmas y alejarnos de cualquier tentación de permisividad.

Y del aparcamiento al ruido. En la madrugada del pasado sábado, y mientras tomaba unas copas con algunos amigos en una conocida coctelería local, situada justo en el otro extremo del arenal de San Lorenzo, pude comprobar de primera mano el nivel de decibelios de los conciertos en el parque de los Hermanos Castro. Cierto que los vientos jugaban a favor de la difusión del ruido, pero no es eso excusa para justificar lo injustificable.

Y aquí ya no va sólo de establecer controles y medidas. A mí no deja de sorprenderme que un supuesto parque, y digo supuesto porque de eso ya no sé lo que le queda, y en una inmejorable situación a tiro de piedra de nuestra playa, siga teniendo los usos que tiene. La mayor parte del año convertido en un aparcamiento. Y en estos meses estivales, cuando mejor y mayor utilización debiera dársele, cercado e incomprensiblemente cerrado al uso general. Sólo accesible previo paso por taquilla, hipotecado por festivales y demás jaranas, para más inri por lo que parece molestas, promovidas en su mayor parte, y con claro interés lucrativo, desde la iniciativa privada. Urge buscar espacios alternativos para estos menesteres, no sé si ese posible auditorio cubierto en la ería del Piles del que se ha hablado recientemente puede serlo, para que este hoy peculiar parque recupere esplendores perdidos y, sobre todo su auténtico destino como espacio verde y lugar de público esparcimiento.

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