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Opinión | Crónicas de barrio

Los bolis de Luisín

Un hombre bueno que ejerció la dignididad entre Los Campos y la Basílica

Hay almas que transitan la tierra sin hacer ruido, dejando a su paso la frágil estela de la gracia. Así caminaba Luisín Rega por las calles de Gijón: con el cuerpo leve, la sonrisa limpia y las manos llenas de menudencias –un paquete de pañuelos, un mechero, un bolígrafo– que en el fondo eran simples pretextos para rozar el corazón del prójimo. Fue, en el rigor más puro del Evangelio, un hombre bueno.

No ejercía la mendicidad, sino la dignidad. Su cotidianidad transcurría entre Los Campos, el Parchís y la Basílica del Sagrado Corazón, deteniéndose en los mostradores amigos de Pandíaz, El Bariloche o la pastelería San Sebastián. Cuando la estrechez le obligaba a pedir un préstamo, no tardaba en saldarlo, añadiendo siempre de propina un boli Pilot o un encendedor, trocando así la caridad ajena en mutuo afecto.

Una mañana cualquiera, la vida se le quebró de golpe en un café de Marqués de Casa Valdés. El corazón, gastado de tanto latir al viento de la calle, se detuvo. Aunque las manos médicas intentaron retenerlo, su salud deteriorada acabó por entregarse al reposo.

Mas la bondad callada florece siempre. En el banco de Menéndez Pelayo, allí donde reclinaba su cansancio, los vecinos improvised un pequeño altar de nostalgia: flores, notas de gratitud a un "héroe anónimo" y sus inseparables bolígrafos.

Me complazco en imaginar su llegada a la presencia De Dios. Al ser preguntado por el saldo de sus días, Luisín metería la mano en el bolsillo, sacaría dos bolígrafos gastados y diría con sencillez: "Señor, solo he querido a la gente y vendí esto para ir tirando". Y estoy seguro de que Dios, al mirarlos, vería en esos dos bolígrafos el mismo destello sagrado que vio un día en las dos monedas de la viuda.

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