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Programa electoral (3)

Hay una extraña costumbre en política: hablar mucho de los barrios desde despachos de la casa consistorial. Se anuncian planes, se presentan proyectos, se convocan reuniones y, a veces, alguien aparece para hacerse una foto junto a una asociación vecinal. Luego toca volver al despacho.

En esta tercera entrega no hacen falta millones, ni grandes obras, ni consultoras que nos vendan humo. Hace falta algo más sencillo y, quizá, más complicado: estar. Hoy, proximidad política.

Gijón debería recuperar y reforzar una figura que nunca debió ser meramente simbólica: las concejalías de barrio.

Cada barrio o zona debería tener un concejal o concejala de referencia. Alguien conocido, localizable y con una agenda estable en el territorio. No una visita cada seis meses. No una reunión cuando estalla un problema. Presencia semanal en centros municipales, encuentros abiertos, paseos por el barrio, reuniones con asociaciones, comercios, colegios, clubes, entidades y personas que no forman parte de ninguna organización.

Porque escuchar un barrio no consiste únicamente en recibir reclamaciones. También significa explicar. Contar por qué una obra se retrasa, qué puede hacer el Ayuntamiento y qué no, cómo avanza un proyecto, dónde está bloqueado un expediente o qué alternativas existen ante una demanda. La política de proximidad debe ser un camino de ida y vuelta: escuchar, trasladar, responder e informar.

Y, sobre todo, cerrar el círculo. Una gran fuente de desafección consiste en participar y no volver a saber nada. Presentar una propuesta que desaparece en algún cajón administrativo. Trasladar un problema y desconocer quién lo está gestionando. Cada concejalía de barrio debería contar con un registro público y sencillo de asuntos planteados, compromisos adquiridos, estado de tramitación y respuestas ofrecidas.

Eso también ayudaría a gobernar mejor. Quien pisa semanalmente un barrio descubre cosas que ningún informe refleja. Sabe dónde una acera se ha convertido en una carrera de obstáculos, qué plaza ha perdido vida, qué instalación municipal podría aprovecharse mejor o qué conflicto empieza a crecer antes de convertirse en un problema mayor. Pero para que esa presencia sirva de algo, las concejalías deberían tener capacidad real para coordinar áreas municipales, obtener respuestas de los servicios y rendir cuentas de lo hecho y de lo pendiente.

Escuchar no significa dar siempre la razón. Gobernar obliga a decidir, priorizar y, en ocasiones, decir que no. Pero un no explicado desde la cercanía vale mucho más que meses de silencio.

Las concejalías de barrio no deberían controlar la participación. Todo lo contrario: deberían facilitarla, conectarla y abrir nuevas puertas a quienes nunca acuden a una asociación, una reunión o un pleno.

Tercer punto del programa: que la política municipal salga del Ayuntamiento y vuelva a caminar por los barrios.

Menos despacho, menos foto y más calle. Porque para gobernar Gijón hay que estar en Gijón.

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