Opinión
La luz del fin del mundo
Hace ya muchos años, participé como extra en una peli con Yul Brinner de prota, también estaba Máximo Ranieri, Samantha Edgar, y un Fernando Rey al que no llegue a ver. La peli era "la luz del fin del mundo", basada en una novela de Julio Verne con faro en el título, y en la que quizás por mi fisonomía escurrida, y pese a revisar varias veces el resultado fílmico, nunca llegue a verme. Supongo que mi competencia al lado de los otros extras, casi todos miembros de la colonia hippie que entonces bullía en la exótica Cadaqués, con pinta de guitarrista de Led Zepellin, Cream, o Credence, me dejaba en mal lugar estético, y el montador hizo el resto.
Me queda el recuerdo de aquel Cabo Creus, con su faro de mentira y lo que parecía la cubierta de un barco pirata, y, sobre todo, la increíble caravana del Brinner, a cuyo interior accedí gracias al mismo enchufe que me metió de aprendiz de estrella cinematográfica. Qué recuerdos.
En el Muro, el pasado miércoles, me vino aquello a la memoria pues cuando entramos allí, veinte minutos antes del momento cumbre, ya la luz era mortecina, y, al menos eso me pareció, el personal, ingente, no parecía percatarse de la fina franja de luz que definía el horizonte marítimo. Curioso.
Aquella fina línea de luz, a medida que el anochecer eclíptico llegaba, primero suavemente y luego casi de golpe, también iba ganando en fuerza, brillo y amplitud, para convertirse al final en un llamativo cinturón de luz horizontal al que, como si fuera un recurso de un invisible tramoyista, las luces de las lanchas en la zona de la bahía, unos pescando potarros y otros, supongo, como los paseantes del Muro, intentando presenciar el espectáculo que la bruma litoral nos había escamoteado, daban un inesperado toque de verbena veraniega. Qué cosas.
Ignorante de la física de esos fenómenos naturales que la AEMET domina, imagino que aquella luz del horizonte era la natural del atardecer, pues allá, no se a cuantos kilómetros, el eclipse no debía de tener efecto, mientras que en nuestro arenal de San Lorenzo, la súbita oscuridad, realzada por la ausencia de las luces del paseo, convertía aquella franja luminosa en algo casi fantasmagórico, trayéndome el recuerdo de aquella peli, que por otra parte, y no culpa mía, no tuvo gran éxito, pese a tener de prota al glorioso calvo.
La repentina noche fue recibida por unos tímidos aplausos, no muchos, y el regreso de la luz ni eso. Supongo que, aunque las brumas litorales están aquí siempre presentes, con tanto anuncio en los días anteriores, la gente se había hecho ilusiones. Ye lo que hay.
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