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Opinión | Caloninos en la Cantábrica

Semana de restallu

Fuegos, aforos y rentabilidades

Con el Restallón y la Danza Prima va asomando la despedida de una Semana Grande multitudinaria, variada de contenidos, de más bochorno que buen tiempo, y que tuvo en la Noche de los Fuegos el dictamen popular en forma de ovación. Todavía hoy domingo se podrá disfrutar del Paseo Gastro y la feria taurina –maldito el eclipse y maldita la idea– se alargará aún más hasta el lunes. Día por cierto en el que el Sporting arrancará la temporada. Vaya por del delante el grandonismo gijonés, y que nunca se sabe, pero a pie de calle se percibe cualquier cosa menos ilusión camino de El Molinón. Hace ya tiempo que la creencia de que Gijón moría a partir del 15 de agosto ha pasado a mejor vida. No se vayan todavía, aunque los foriatos es cierto que podrían ir saliendo poco a poco de forma ordenada.

Decía con acierto el genial pregonero de este año –parece que fue hace un siglo cuando Antón Meana llenó la plaza Mayor– que el verano playu no se sabe cuándo empieza ni cuándo termina. Desde que arrancaron los conciertos –nombres como Alejandro Sanz o "La oreja de Van Gogh" han pasado por la capital marítima del Principado– gijoneses y visitantes han disfrutado de una larga lista de propuestas desde finales de junio. De la Semana Negra al Arco Atlántico. De los aviones a los recitales de piano y gaita. Del Arte en la Calle hasta los conciertos de los Hermanos Castro -con la victoria de España en el Mundial incluida- pasando por un eclipse o la Feria de Muestras. A la vista tenemos ya el concurso hípico de Las Mestas o la Fiesta de la Sidra. El ritmo no para y cuesta seguirlo, pero Gijón siempre fue otro mundo.

Pero siempre ha sido la Semana Grande, especialmente el espectáculo pirotécnico, lo que marca para bien o para mal todo un verano. Tres meses de programación resumidos en poco menos de media hora. Siempre he sido de los que piensan que cada año son mejores porque me puede el optimismo. Resulta difícil calcular, con tantos puntos de visibilidad para seguir el espectáculo, si esta Semana Grande se ha batido el récord de afluencia. Barullo hubo y aplausos también fruto seguramente de una traca final para el recuerdo.

Está de moda contar asistentes a los sitios para poner en valor una actividad, como si millones de moscas no comiesen mierda. Solo por fijar un par de cuestiones. Un tercio de plaza en El Bibio durante la feria de Begoña –sí, todos esperábamos más público el primer día– es llenar tres veces el teatro Jovellanos. Por otro lado, que se abarrote la plaza como ayer con Morante o estemos en la intimidad los abonados –como ocurrirá el lunes con la novillada desgraciadamente–, el bolsillo de los gijoneses no lo acusa. De hecho, los toros son todo beneficios gracias al canon que abona Circuitos Taurinos por la explotación del coso durante seis días para luego poder mantener la plaza en buen estado durante todo el año para bailar o beber cervezas bajo la cúpula. Si hay poca o mucha gente debería importarle al empresario –sirva esta feria para los iluminados que quieren alargar festejos como si no hubiese un mañana–y, dados los años que lleva consecutivos en Gijón parece que es rentable el espectáculo. O al menos no pasa luego la gorra –hay quien lo hace hasta partiendo de la subvención– porque no le cuadran las cuentas.

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