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Opinión | Comentarios al paso

Plan de perfección

Ciertos sabios -o no tanto- de la Antigüedad presumían de aplicar determinadas recetas infalibles para alcanzar ese grado de perfección al que aspira todo humano que se precie. Bastaba, decían, con domeñar tres principales vicios o pasiones desmedidas.

Consideraban que los apetitos carnales desbocados obstaculizaban el camino a la cordura y, por ende, a la felicidad. La táctica para dominarlos consistía en no desear a la otra o al otro como objetos de un amor perfecto, sino plantearse ante su atractiva e irresistible belleza que esas mejillas se arrugarán algún día, que la chispa de los ojos terminará apagada, mustia, que los pechos tersos, firmes se volverán flácidos, colgantes, que la airosa cabellera se tornará cráneo lampiño… Si los fervientes amantes se vieran ahora con los mismos ojos con que se verán entonces, a buen seguro que no perderán nunca la cabeza, que la mantendrán en el sitio adecuado permanentemente.

La segunda receta para transitar por el camino de la perfección, al decir de los presuntos sabios, residía en mantenerse siempre sobrio. Por más que uno se vea tentado por la buena mesa, por vinos deliciosos y por la seducción de los amigos, convendrá imaginar las secuelas dañinas de los excesos: cabeza pesada, estómago empachado, pérdida de la razón, de la salud y del tiempo. Uno debe estar dispuesto a comer solo lo necesario, a mantener su salud en las mismas y regulares constantes, a velar por que sus ideas se sostengan siempre inmaculadas y luminosas.

En tercer lugar, recomendaban los dichosos sabios antiguos, en el diseño de su pequeño y ramplón plan de sensatez, ocuparse lo justo por la fortuna de cada cual, por aquello de no generar competencias absurdas y envidias recíprocas. O sea, tener de sobra para vivir independientes, que es el mayor de los bienes.

Tengo para mí que aquellos sabios de la Antigüedad ignoraban que es de necios, por imposible de conseguir, proyectar el objetivo de ser perfectamente cuerdo. Tan imposible, en este y en los cien mil millones de mundos dispersos por el espacio, como ser perfectamente hábil, perfectamente fuerte, perfectamente poderoso, perfectamente feliz. Mucho mejor será, en mi opinión, prescindir de su supuesta sabiduría y encomendarse a la fuente de conocimiento de la realidad que reside en el “Don de la ebriedad” del excelente poeta zamorano Claudio Rodríguez (1934-1999): “Siempre la claridad viene del cielo; es un don; no se halla entre las cosas sino muy por encima… // Y es bello recibirla, abrir los ojos y sentirla entrar como un vino que alumbra… // Ebriedad de vivir, de ver, de estar en esta luz tan viva que me cerca”.

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