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Una crónica diferente

Cabe apuntar, de entrada, que el gentío en la misma ya daba cuenta del casi lleno que se esperaba tras la apoteosis morantista del día anterior. Una aglomeración a la que contribuían, en la Grande, los antitaurinos, sostenidos por algunas formaciones políticas, de escasa o nula representación parlamentaria, que en estas verbenas encuentran un medio de expresión, curiosamente en una ciudad conocida por ser, como dicen los pijos, "pets-friendly", con los perros como dueños y señores de nuestras calles. Ye lo que hay.

Venía yo interesado en comprobar la indumentaria del personal, pues en la feria de Sevilla, televisada en abierto por su televisión autonómica, observé que los señores lucían abundantes americanas, algunos con corbata al cuello; y las señoras elegantísimas, como si después tuviesen "un compromiso", y todo ello con el cimbreo casi constante de un enjambre de abanicos multicolores. Y es que Sevilla tiene un color…

Aquí el asunto va por otros caminos. Pocas americanas, casi ninguna, y las damas, arregladas, más para luego ir a una sidrería que a un "party", al menos en el tendido de sombra. Arriba en los palcos quizás fuese diferente. Todo ello, especialmente en los primeros toros, en los que, aunque no había sol, la humedad hacia estragos, con un general abaniqueo, si bien la mayoría eran de propaganda en cartoncillo. Después el "churnu" ya nos perdonó un poco.

De los toreros cabe apuntar que Talavante y Ortega hicieron lo que pudieron, especialmente con sus segundos, y quizás empujados por la faena de Roca Rey a su primero, en el que, como un entendido me había apuntado, "salió a por todas" después de la que Morante lio el día anterior. Ellos dos representan hoy la punta de lanza de ese resurgir de la Fiesta Nacional, y allí donde van arrastran tras ellos a un buen número de aficionados, y también algunos snobs.

En ese primero de Roca, en el que hasta el tercio de banderillas fue sobresaliente, se vio desde el principio, brindando el toro al público, que quería triunfar. Lo recibió a la verónica, pero el bicho andaba distraído, yéndose de un caballo al otro en esa suerte. Después vino el plato fuerte, con Roca toreando de rodillas, con pases de frente, por detrás y cruzados -quizás demasiados- poniendo al tendido patas arriba. Siguió la faena con más gestualización rodillera y, con el toro ya cansadito, arrimándose hasta tocar el morro con la rodilla, temeridad que enamora al tendido pero que yo, que no soy especialista, no acabo de ver claro.

Falló Roca de primero con un pinchazo para fulminar al toro en un segundo intento y provocar una lluvia de pañuelos que le valieron dos orejas.

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