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Opinión | Crónicas de barrio

"Qué descansada vida"

Hay poemas que no envejecen porque hablan de una necesidad que tampoco envejece. "¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido!", escribió Fray Luis de León hace más de cuatro siglos. Hoy, cuando el ruido ya no solo está en las calles, sino también en los bolsillos, en las pantallas y hasta en los pensamientos, aquellos versos parecen escritos para nosotros.

No era una invitación a abandonar el mundo, sino a dejar de ser esclavos de él. El descanso del que habla Fray Luis no consiste en hacer menos cosas, sino en vivirlas de otra manera. Es recuperar el gusto por lo sencillo: una conversación sin prisas, un paseo entre árboles, el canto de un mirlo al amanecer, el silencio de una iglesia vacía o un libro que espera abierto sobre la mesa.

Vivimos convencidos de que la felicidad está siempre en el siguiente triunfo, en la próxima compra o en la noticia más reciente. Sin embargo, el poeta nos recuerda que la verdadera riqueza comienza cuando dejamos de necesitar tanto. Solo entonces el corazón aprende a escuchar.

Quizá, por eso, sus versos siguen conmoviendo. Porque todos llevamos dentro un rincón que anhela descanso, un lugar donde las urgencias no entren y donde el alma pueda respirar sin miedo. Allí no gobiernan las prisas ni el aplauso, sino la serenidad de quien sabe que la vida vale más por lo que contempla que por lo que acumula.

Fray Luis conoció la cárcel y la incomprensión, pero nunca perdió la paz interior. Tal vez ese sea el secreto de su poema: enseñarnos que el verdadero refugio no está lejos de nosotros. Está en un corazón reconciliado con Dios, con los demás y consigo mismo. Solo allí comienza, de verdad, la vida descansada.

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