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Opinión | Crítica/ Música

Gijón

Personalidad y virtuosismo

Martín García, un pianista gijonés llamado a pasar a la historia de la música

El Festival Internacional de Piano de Gijón ha contado en esta edición con Martín García, un pianista gijonés de enorme personalidad que está llamado a pasar a la historia de la música como uno de los mejores de este siglo XXI. Aparte de interpretar a Chopin como pocos –uno de los motivos por los que ha saltado a la primera liga de concertistas de piano–, su inquietud por ampliar horizontes le ha llevado a abordar un programa heterogéneo en técnicas y lenguajes y cohesionado en su marco histórico: finales del XIX y principios del XX.

Abrió con la "Gran Sonata en Sol Mayor" de Tchaikovsky, obra que encajaba con su personalidad llena de contrastes y de carga visceral. García la defendió con extraordinaria riqueza de matices, desde los fraseos limpios y delicados hasta las partes más emotivas donde los graves de piano destacaban sobremanera. Manejaba los tempos y las dinámicas a su antojo y canturreaba las frases más melódicas en un gesto que recordaba al gran Glenn Gould. El último movimiento, cargado de virtuosismo, fue acometido con vértigo a la par que limpieza. Todo estaba bien definido y perfectamente ejecutado.

Sin grandes dilaciones pasó después a los "Valses nobles y sentimentales" de Ravel. Aunque contemporáneo de Tchaikovsky, Ravel utiliza un lenguaje diametralmente lejano en estilo y sonoridad. La concentración y la intensidad contenida llegaron a arrancarle evidentes gotas de sudor, testimonio físico de la exigencia del recital.

En la segunda parte interpretó la "Sonata-Fantasía en Sol Mayor" de Franz Schubert, obra que Schumann alabó como la obra más perfecta en forma y concepción del autor. García ofreció toda una demostración de preparación y estudio meticuloso para acometerla sin titubeos.

Los aplausos y la ovación final obligaron al pianista a regresar al escenario hasta en cuatro ocasiones. Generoso, nos regaló dos piezas de Debussy y una de Mompou, antes de cerrar el recital con el "Estudio op. 8 n.º 12" de Scriabin, una obra de descomunal dificultad técnica y, al mismo tiempo, de extraordinaria belleza.

Fue, en definitiva, un recital en el que Martín García volvió a demostrar por qué su nombre ocupa ya un lugar entre los grandes pianistas de su generación: dominio técnico y gran personalidad interpretativa. Todo un fenómeno.

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