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Drexler convierte lo esencial en espectáculo: la crítica del concierto en el Jardín Botánico

El cantautor ofreció un concierto íntimo en el Jardín Botánico de Gijón donde las palabras y la música fueron las protagonistas

El concierto de Jorge Drexler en el Jardín Botánico

El concierto de Jorge Drexler en el Jardín Botánico / Juan Plaza / Juan Plaza

Jorge Drexler "Taracá tour". Isla del Jardín Botánico de Gijón. Jueves, 20 de agosto de 2026.

Hay artistas que conquistan al público a golpe de espectáculo: luces, grandes decorados, vestuarios, efectos visuales, coreografías y toda una parafernalia concebida para deslumbrar. Pero basta con cerrar los ojos, apartar todo aquello que rodea a la música y buscar lo esencial para descubrir que, detrás de tanto artificio, no siempre hay arte.

Hay otros artistas que recorren exactamente el camino contrario. No necesitan más que lo imprescindible para que el arte emane. Unos instrumentos, unas voces, unas palabras y la capacidad de crear, con tan poco, un espacio propio. Un espacio en el que la música deja de ser simplemente sonido para convertirse en una experiencia; un lugar casi mágico donde el tiempo pierde su significado y uno deja de preguntarse cuánto lleva allí.

En ese territorio habita el uruguayo Jorge Drexler. Un artista que en su concierto en el Jardín Botánico volvió a demostrar que no necesita llenar el escenario para llenar el espacio. La cita sirvió para presentar "Taracá", su disco recién publicado. Gustaron mucho sus nuevas canciones, pero el repertorio no se quedó ahí. Drexler construyó un viaje por distintas etapas de su trayectoria, recuperando temas como "Las palabras" o "Guitarra y vos", cuya letra sigue siendo una pequeña maravilla. A ello se sumó una banda de músicos de enorme nivel, capaz de acompañar cada canción con precisión y sensibilidad, sin restarle protagonismo a aquello que verdaderamente sostiene su propuesta: las palabras. Porque en Drexler las letras no son un mero complemento de la música; son el corazón de un discurso lleno de contenido, de preguntas, de imágenes y de emociones.

Y así, casi sin necesidad de artificios, el concierto terminó convirtiéndose en una auténtica comunión entre el cantautor y el público. El tiempo pareció detenerse para disfrutar de cada verso, cada acorde, cada silencio y cada sonido. Drexler demostró que, cuando lo que se tiene que decir es verdadero y la música tiene alma, lo superfluo sobra. Y que, paradójicamente, cuanto menos necesita un concierto para deslumbrar, más profundamente puede llegar a conmover.

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