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Gijón

Crónica de una tarde lluviosa de agosto

El cielo de agosto, habitualmente implacable y plomizo, se ha deshecho hoy en una tregua mansa y agradecida. A las siete y media de la tarde, la calle Instituto permanece desierta, entregada al rumor constante de un agua que lava las miserias del verano.

Mis vecinas han bajado la voz, contagiadas por esa quietud provinciana donde hasta los tejados lucen un rojo más limpio, casi insolente, bajo la llovizna.

Esta tarde los gatos Pis y Pas no están presentes; se han guarecido en los rincones oscuros y secos del tejado , desconfiados de esta humedad extraña.

Tomo nota de la textura de la fachada de la casa de donde vivo, ya muestra las huellas de los años, ajena al trajín moderno. En el segundo piso , los geranios rojos se asoman a la calle desafiando el gris del día, con una resistencia elegante al bochorno de este mes.

Oigo desde mi casa, el pulso de la calle, con un coche que pasa dejando un ruido hueco y triste en el pavimento empapado. Veo a varios niños de cinco años saltando, que agradecen la tregua del bochorno: "Mami, dame agua", grita uno antes de abrocharse la chaqueta y echar a correr entre risas. Siento el reloj de la calle Jovellanos, contemplando a los que pasan, y marcando las horas, implacable, mientras los vencejos del barrio buscan refugio.

Y el airecillo fresco que viene del mar agita las pocas hojas que quedan en los negrales del Parchís. Busco en la calle algo curioso para anotarlo, y luego contarlo, pero no hay ni un papel en el suelo, solo queda un rastro de prisa en la calle . A estas horas, van a caer las nueve, y pienso en Ramón, el sereno, que dentro de nada comenzará su ronda arrastrando las botas por la acera húmeda del barrio, protegiéndose con la capa de las personas buenas, y con ese vientecillo que viene del mar, que sabe a melancolía vieja y a tierra mojada.

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