Opinión
Ángel de la Calle, en el trajín de la Transición
El artista trenza en "La caja de Pandora", su última novela gráfica, una apasionante historia a partir de un olvidado historietista gijonés, amor de Haro Ibars
Fue en 2005, después de leer la biografía que J. Benito Fernández dedicó a Eduardo Haro Ibars (1948-1988), icono del “underground” español y del pabellón de malditos (en la cuarta acepción que el Diccionario da a esta palabra) de la movida madrileña, cuando quise escribir de Juan Ángel Fernández Castro, el difuminado dibujante e historietista gijonés que apareció ahorcado en su cuarto del manicomio de Leganés un 7 de diciembre de 1989. Tenía 33 años, un diagnóstico de esquizofrenia paranoide y anticuerpos de VIH. Pese a su fama de guapo, su vida no había sido fácil. Durante alguna temporada ejerció de chapero por la Castellana y aledaños. A su muerte, dejaba también las huellas de un fugaz paso por algunas de las revistas de “cómix” (historietas alternativas) que surgieron tras la muerte de Franco, en 1975.
Quise escribir, como digo, de aquellos meses de amor y miseria que Eduardo –hijo del maestro de periodistas Haro Tecglen, además de poeta, brillante ensayista (“Gay Rock”), columnista o letrista de la Orquesta Mondragón– y Juan Ángel –vástago de una humilde familia obrera– vivieron en el Gijón descoyuntado por los excesos urbanísticos, la especulación, las crisis recurrentes o las insuficiencias culturales y socioeconómicas de aquel tiempo pendular del tardofranquismo. Pero nadie parecía saber de aquellos dos tipos raros y pioneros, si se quiere, de una cultura popular alternativa. Dos de las víctimas, sin duda, de uno de los lados terribles de la Transición: el de las drogas y la enfermedad. Juan Trejo ha contado en “Nela”, donde recuerda a su hermana, cómo el veneno de la heroína acabó, durante aquellos enrevesados años del paso de la dictadura a la democracia, con la rebeldía y los sueños de una parte de la juventud española. Una generación diezmada. De esto se habla poco o nada en el cuento rosa de los orígenes de la actual democracia española, pese a las numerosas familias heridas por aquel rayo.
Así que he leído embelesado “La caja de Pandora. Vivir y morir en los tiempos de la Transición” (Garbuix Books), la última novela gráfica de Ángel de la Calle, donde el que fuera director de la Semana Negra desde 2012 a 2023 sigue las pocas y borrosas pistas de Juan Ángel a partir de un relato complejo, bien resuelto gracias a los saltos temporales, el uso de la autobiografía, la interpolación y el rigor con que el autor, salmantino de 1958 afincado en Gijón desde niño, construye los contextos históricos que dan fondo y relieve a sus argumentos. Un creador que sabe preservar, sin eludir el compromiso, la complejidad de los marcos políticos. No puedo dejar sin citar, en este sentido, dos obras anteriores espléndidas: “Modotti. Una mujer del siglo XX” (2003 y 2007) y “Pinturas de guerra” (2017).
Ángel de la Calle divide su última novela, cuya acción transcurre durante veintisiete jornadas de los años que van entre 1974 (hay una referencia al asesinato de Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973) y 2019, en tres partes: “La educación sentimental del artista adolescente”, seguida de “Esta gente qué querrá” y de “Vidas paralelas”, donde el autor compara la trayectoria del olvidado Juan Á. (Juan Ángel Fernández Castro) con la de Juan B., nombre bajo el que adivinamos la vida y trabajos de Juan Botas, otro artista gijonés recuperado, con cierto éxito, tras su fallecimiento y la galardonada película “Philadelphia” (1993), de Jonatham Demme. Pareciera, viene a decirnos el narrador, que en el sistema de premios y castigos que supone siempre la construcción de un canon cultural hay un extraño reparto de los olvidos y recuerdos. Y que en los subrayados o las omisiones influyen el dinero, la clase social o la ideología dominante, entre otros factores.
Una pesimista constatación de Ángel de la Calle, dibujante que armoniza de manera muy personal y brillante la herencia dibujística “underground” con ciertas formas clásicas de la narrativa realista, que da para la reflexión y el debate. ¿Por qué Juan Ángel Fernández Castro es hoy un desconocido en su ciudad? Igual que lo fueron o lo son creadores e intelectuales a los que devoró el exilio tras la Guerra Civil: de Germán Horacio, hijo del popular Pachín de Melás, al filósofo José Gaos. Todo lo que sabemos de la trayectoria artística y vital de Juan Ángel es por los poemas de amor que le dedicó Haro Ibars, por el libro de J. Benito Fernández y por algunos vagos recuerdos del desaparecido escritor gijonés Mariano Antolín Rato, personaje central en la cultura alternativa española del último medio siglo.
¿Otra historia de apocalípticos e integrados, según la conocida división que hizo Umberto Eco de nuestras relaciones con la cultura de masas? Algo hay de esto en el extraordinario cómic de Ángel de la Calle, pero también un fundado acercamiento a las vicisitudes de un “joyceano” adolescente con inquietudes artísticas y políticas en los años convulsos (“de miedo y de inocencia”) de la Transición. Y, también, una enriquecedora muestra de las líneas de trabajo o de los materiales intelectuales (en “La caja de Pandora” se incluye además, por ejemplo, una muy interesante narración de samuráis en el Brasil de la Segunda Guerra Mundial) con que se enfrenta el novelista gráfico sin temor a las temáticas para lectores adultos.
Ángel de la Calle se dibuja a sí mismo y a varios personajes reconocibles (el escritor y activista Paco Ignacio Taibo II, sin ir más lejos) en muchos lugares característicos de Gijón. En una de las páginas de “La caja de Pandora” se dice que el verdadero artista es aquel que no está en venta. Su final suele ser, aunque no siempre, el olvido, mientras que el verbo transigir suele conjugarse finalmente con el éxito y el malentendido, que diría Borges, del reconocimiento social. Otra inferencia de este denso relato es que no conviene confundir, está de más decirlo, el mítico recipiente que contenía todas las desgracias de este mundo con la lámpara de Aladino.
La última novela gráfica de Ángel de la Calle es una acuciante llamada de atención sobre los tajos de oscuridad y los olvidos con que se redactaron muchos de los renglones de la versión oficial de la Transición. Y un intento de decirnos, quizá, que podríamos escribir la crónica de nuestra cultura reciente desde otras perspectivas y con otros nombres.
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