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Rebeldía

Hasta Gijón, en el entorno de ese horrible quiosco de la música de Begoña que poco echaríamos en falta si desapareciera, han llegado las famosas batallas de aura. “Farmar aura” dicen ahora usando un grosero anglicismo. El término viene de “farm”, en ingles granja, y del verbo to farm, que se utiliza para todos los cuidados propios de tal lugar: cultivar, recolectar, criar animales. Así que, resumiendo, lo de farmar aura sería algo así como cultivar el aura. Entendido este último como un concepto inmaterial, y bastante impreciso, que haría alusión al carisma, porte, estilo o buen rollo de una persona.

Canalizada muy equivocadamente y bajo una forma de expresión bastante chusca, uno no deja de ver en estas ocurrencias juveniles cierta rebeldía contra esa cultura dominante en nuestra sociedad post cristiana. Un neopaganismo materialista que niega espacio a todo lo que pueda ir más allá de lo empírico y mesurable. Tal vez en esas luchas del “aura” late escondido ese afán de trascendencia que anida en el corazón de todo ser humano. Como dijo acertadamente Chesterton “cuando el hombre deja de creer en Dios, no es que no crea en nada, sino que cree en cualquier cosa.” Parece que en esas estamos en nuestra sociedad y en nuestra juventud.

Esa juventud que, en nuestro país, sí ha mostrado en los últimos meses una sana rebeldía contra lo políticamente correcto. Y me refiero a ese animalismo de salón, propio de quienes piensan que los animales hablan como en las películas de Walt Disney o que es más feliz su caniche encerrado en un apartamento de cuarenta metros cuadrados que un toro bravo en una dehesa. Esos animalistas que propugnan la abolición de las corridas de toros, y que en su empeño prohibicionista están consiguiendo el efecto contrario. Que un número creciente de jóvenes, en un ejercicio contracultural de libertad, se hayan acercado a las plazas de toros para engancharse a esa manifestación artística que disfrutaron sus ancestros. Para emocionarse, como dice ese pasodoble cantado, con “esa música que suena cuando el toro y la muleta van al mismo son”. Esa herencia que Federico García Lorca, poco sospechoso de ser ningún bárbaro, calificó como “la fiesta más culta que hay en el mundo”. Así ha quedado patente en Gijón con un notable incremento de publico en El Bibio, y en el reciente lleno de la plaza de Vista Alegre, en Bilbao, tras décadas sin verse.

Rebeldía también es la que hay que mostrar, y así lo haremos quienes nos acerquemos esta tarde a la plaza mayor en una concentración convocada en las principales ciudades de España, contra el abandono e inoperancia que sufren nuestros compatriotas de Ceuta. Ciudad que sigue sumida en el caos más un mes después de la invasión encubierta padecida.

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