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El taller de Ramón

En la calle de la Merced, esquina Martinez Marina, donde Gijón parece andar siempre con alguna prisa, hay un lugar que se resiste a ella. Se llama Esplendor, aunque en el letrero, debajo del nombre, una palabra pequeña aclara su condición: ciclos. Allí trabaja Ramón, entre bicicletas que parecen esperar su turno como hombres pacientes en la sala de un médico.

Desde la acera se ve el escaparate. Una bicicleta de montaña, algunas ruedas, herramientas, piezas y, detrás, ese desorden laborioso que sólo entiende quien ha pasado media vida arreglando cosas. Fuera hay más bicicletas: antiguas, sencillas, de paseo. Algunas llevan tantos años encima que uno diría que conocen la calle mejor que sus dueños.

Ramón trabaja con las manos. Las mueve despacio, con esa seguridad de quien no necesita consultar un papel para saber qué le ocurre a una máquina. Una cadena floja, un freno que protesta, una rueda que perdió su equilibrio. La bicicleta llega enferma y sale dispuesta a continuar. En la puerta, las bicicletas forman una pequeña familia. No hay dos iguales. Una conserva el aire elegante de otros tiempos; otra parece haber conocido muchas aceras , una tercera, más modesta, aguarda apoyada contra las demás, como si supiera que también llegará su momento.

La calle continúa su vida de cada día. Pasan personas, bicis, voces. Gijón hace su ruido de todos los días. Pero dentro del taller hay otro tiempo, más menudo y más humano, hecho de grasa, tornillos y conversaciones breves. Quizá por eso estos talleres, como el de Ramón, importan. Porque mientras todo parece fabricado para ser sustituido, Ramón todavía pertenece a esa antigua especie de hombres que prefieren arreglar antes que tirar.

Y uno, al contemplar las bicicletas alineadas en la acera, comprende que una ciudad también se cuenta así: por sus tiendas pequeñas, por sus oficios, por las manos que trabajan sin hacer ruido y por quienes, cada mañana, levantan la persiana para que las cosas —y acaso también nosotros— puedan seguir rodando.

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