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Maribel Lugilde

Maribel Lugilde

Directora del Centro Integrado de FP de Comunicación, Imagen y Sonido de Langreo

Ceuta

No sé si les ocurre a ustedes, pero yo he perdido el hilo conductor en la crisis de Ceuta. He tratado de mantenerme informada de cada novedad, a partir de la sobrecogedora entrada masiva del 31 de julio, que en horas igualó el número de habitantes de la ciudad con el de seres irrumpiendo en sus calles, como huyendo de un cataclismo repentino, desde la nada. Asistimos en directo al colapso de aquel rincón que la inmensa mayoría de nacionales nunca hemos pisado, pero que desde entonces situamos mejor; su Norte y su Sur, Belyounech y Castillejos, sus brazos extendidos hacia el Mar de Alborán.

Día a día, pendiente de las informaciones en medios, atenta al bullir de las redes, he sentido que iba perdiendo pie sobre lo que verdaderamente me importa, lo que sucede en superficie de esa península atribulada. Porque he ido sucumbiendo a una maraña ya conocida, invasiva y tóxica, que es la que copa nuestra política y nuestro mundo, salvo que nos arremanguemos y tratemos como sociedad de poner fin a esto. A lo de Ceuta, a lo demás. Está en todo lo que nos importa.

Así que la realidad de Ceuta se ha desdoblado, como en una mitosis celular. Y atender al relato seriado de acusaciones, sospechas, decires y desmentidos, miedos fundados e infundados entre gestores políticos y oposición, extenúa y encabrita tanto que se desatiende la realidad de las personas. Y ellas son el centro.

Son el centro las y los ceutíes, que andarán estos días como aquí, afanadas las familias con el curso que empieza. Los chiquillos te hacen aterrizar en lo tangible y concentrar fuerzas. Pero, cómo espantan sus temores de perder el control sobre el espacio en el que discurren sus vidas. Cómo conviven con su realidad transformada, cómo interactúan con ella, cómo cambia sus rutinas y su mirada sobre las cosas. Cómo les podemos eficazmente ayudar, ayudarnos.

Son el centro también las miles de personas que trataron de cruzar la frontera, lo consiguieron y se preguntan ahora qué. Lejos de todo. Que deambulan, arracimadas en rincones oscuros y potencialmente insalubres, expuestas, hambrientas, víctimas, en vulnerabilidad extrema. Podrían ser nuestros hijos. También quienes no lo consiguieron; sus cuerpos se han separado de sus nombres y son hoy bultos anónimos en el cementerio de Siri Embarek.

No podemos permitirnos perder ese hilo conductor, la centralidad de las personas, con su dignidad en primer plano, sus derechos reconocidos en nuestros grandes consensos internacionales. Tiene que ser el epicentro del buen gobierno, la mirada informativa, el ojo público, nuestro conversar ciudadano. Alguna vez estuvimos mucho más cerca de que así fuera.

Ceuta es una llamada poderosa para acallar el ruido que ofusca y nos aleja de nuestro espacio real de encuentro, poblado de personas.

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