Me entero en La Bañeza del fallecimiento de Mariano López Santiago, quien se jubiló como secretario general del Ayuntamiento de Gijón y del que tuve la fortuna de aprender cosas que no están en los libros sobre el Derecho y la vida local.

Mi primer y breve destino en el Ayuntamiento de Mieres me brindó la ocasión de conocer y disfrutar de la amistad de Mariano, don Mariano. Con su digno porte, su terno impecable, su corbata conjuntada y su pluma estilográfica para rubricar los documentos oficiales.

Mariano reunía virtudes que en tiempos turbulentos escasean; sabía escuchar y hablaba con parsimonia. Daba consejos con metáforas, anécdotas y referencias culturales oportunísimas. Sabía torear a concejales, funcionarios y ciudadanos, en el buen sentido de la expresión: sacando lo mejor de los novillos que tocaban en suerte y librándose con arte y salero de ser corneado por los abantos y broncos.

Recuerdo numerosas ocasiones en que desde mi juventud de funcionario idealista acudía a su despacho aterrorizado por situaciones jurídicas críticas y Mariano no se alarmaba. Me recibía cordialmente, me preguntaba cuestiones personales o familiares para rebajar mi excitación y a continuación escuchaba el problema. Solía recibir un creíble "Tranquilo, no pasa nada", y tras lanzar su opinión con una intuición que solo da la experiencia y la sabiduría, cerraba la entrevista con una juiciosa anécdota.

Tampoco olvidaré la entrada de una corporación de nuevos concejales, con unas ansias de cambiarlo todo y dar órdenes absurdas a diestro y siniestro, lo que me llevó a implorar su amparo. Tras hablarme con suave paternalismo me explicó: " Los concejales electos son como los reclutas nuevos. Y nuestra labor es la de instructores para que cuando finalicen este servicio militar sepan que la Ley está para interpretarse y no para manipularse". O aquella advertencia a puerta cerrada, tras citarme a Julio César y los idus de marzo: "No olvides que la mayoría de los políticos ni creen lo que dicen, ni dicen lo que creen".

Era flexible como el junco ante los problemas jurídicos, pues no perdía de vista su lealtad institucional, aunque tenía clarísima la línea roja de lo políticamente posible de igual modo que su juicio era insobornable con quienes demostraban ruindad moral o mal gusto, que le hacían proferir suavemente aquello de "Vanitas, vanitatis".

Compartí con él tribunales de oposiciones. Me lanzó al ruedo para realizar mi primera contestación a una demanda. Me corrigió mis errores en la elaboración de informes, infundiéndome prudencia, brevedad y claridad. Le importaba la forma y la estructura y rechazaba los manierismos. Me aportó sosiego en horas laborales citando a Marco Aurelio ("Meditaciones"), Calderón de la Barca ("La Vida es sueño") o su admirado J. B. Priestley ("Llama un inspector"), mezclado con referencias cinematográficas y poéticas que escapaban al común de los mortales. Y me enseñó que no debe confundirse jerarquía con tiranía, demostrando con su ejemplo el deber moral de consideración y respeto con los compañeros funcionarios, cualesquiera sea su rango o condición.

Sé que el bueno de Mariano lamentó mi marcha del Ayuntamiento e intentó infructuosamente "hacerme ofertas que no puedes rechazar" como un Corleone bonachón.

Mantuvimos periódico contacto en la década siguiente, con encuentros en los que siempre demostró su elegancia y cortesía intactas y en los que siempre tuvo palabras nostálgicas y amables hacia alcaldes, profesores de universidad, compañeros secretarios y como no, citando orgulloso a sus tres hijas.

Creo que Mariano hubiera sido el secretario general adecuado para el alcalde Tierno Galván, porque compartían esa erudición, sensibilidad y bonhomía que, por desgracia, no parece abundar en quienes desempeñan altos cargos públicos.

En nuestro último almuerzo, hace varios años, para explicar como llevaba la jubilación, me citó de "carrerilla lenta" el poema "No volveré a ser joven", de Gil de Biedma, cuyos versos iniciales exponen el ímpetu juvenil para comerse el protagonismo del teatro del mundo y cuyas últimas estrofas estremecen: "Pero ha pasado el tiempo / y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, es el único argumento de la obra".

Mi más entrañable gratitud a don Mariano, en mi propio nombre y el de tantos funcionarios que tuvimos la fortuna de conocerle y admirarle.