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Nieto de Eleuterio Quintanilla

El maestro de un mundo mejor

Un hombre comprometido que luchó por una enseñanza libre y una sociedad más equitativa basada en la justicia y el respeto

A mi madre, Dalia, le hubiese gustado estar aquí hoy pero acaba de cumplir 98 años y a pesar de que sus facultades mentales estén aún muy vivas, sus capacidades físicas le impiden hacer un viaje tan largo. Al salir de su casa, en Burdeos, hace un par de días, plantó su mirada en la mía y me dijo: "Que no se te olvide dar las gracias por lo que están haciendo por tu abuelo". Así es que, ante todo, en su nombre y el mío propio, agradezco a todos ustedes el trabajo que hicieron y están haciendo para mantener viva la memoria de Quintanilla.

Mis padres y yo vivíamos junto con mis abuelos Eleuterio y su mujer Consuelo en la misma casa de la calle Lafontaine en Burdeos. Me crié con ellos dos hasta los 20 años y compartí con ellos dos momentos buenos y malos. Mi padre murió cuando yo tenía 9 años, y mi abuelo fue para mi mucho más que un abuelo. Él me enseñó a leer y a escribir en español, me ayudó a desarrollar mis aptitudes intelectuales y morales sin jamás inculcarme la más mínima idea. Esa fue su mayor lección: el respeto de mi libertad de conciencia.

Ustedes comprenderán que si hay circunstancias en la vida de un hombre que cambian lo diario y se imponen como una fecha muy particular, hoy es para mi uno de esos días. La presencia, aquí reunidos, de parte de la familia Quintanilla, de representantes de la sociedad civil, de todos los que recuerdan al maestro es, sin duda alguna, un momento de orgullo pero aún más de gratitud hacia todos los que obraron para que este homenaje pueda existir. Aquí, rodeado de todos los que mantienen viva la memoria de mi abuelo, me siento orgulloso no sólo por ser nieto de Eleuterio Quintanilla, sino porque este homenaje lleva en sí una esperanza y consigue reconciliarnos con toda la humanidad.

Puede que algunos consideren que este tributo sea algo anticuado. Pero para los que están aquí presentes es una manifestación que tiene una máxima importancia. Las cosas grandes nunca pierden su interés, nunca son inútiles, y cosa grande es honrar el trabajo y la trayectoria de un hombre que siempre supo cumplir con su deber y dar un verdadero sentido a su existencia.

Quintanilla se enfrentó durante años para tratar de dar a entender su ideal: luchó para la emancipación de todos los hombres y mujeres, para una enseñanza libre, para unir lo que estaba diseminado. Pero ese combate para que cada uno pueda conseguir una mejor posición social no sólo lo llevó en contra de la burguesía, de los terratenientes o del patronato. También tuvo que hacer frente a las resistencias en su propio campo. Quizás eso sea lo que poco a poco le debilitó y acabó por destrozarle.

Si digo esto es porque el hombre que conmemoran los gijoneses no es exactamente el que yo conocí. Ustedes guardan el recuerdo de un sindicalista combativo, de un maestro que luchaba para imponer ideas progresistas; yo me acuerdo de un hombre afable, cariñoso, firme cuando se trataba de explicarme o proponerme un camino, pero agotado. Todas sus fuerzas las había dejado en la lucha para acercarse a un mundo mejor, para hacer cuanto sea para que nazca un hombre moderno, educado y libre. Toda su actitud durante años la dedicó en vistas a ver nacer a ese hombre idealizado, universal, instruido y autónomo, a pesar de no poder ser totalmente independiente. Un hombre capaz de caminar hacia una humanidad mejor.

Pero esa lucha no pudo ganarla (o quizás fuese lo que él pensaba) y eso es lo que día tras día le consumía. A pesar de todas las dificultades que pudo encontrar aquí, en tierra asturiana, o durante su estancia en Barcelona cuando la Guerra Civil, o en el exilio, nunca dejó de pensar que en cada hombre había una parte de toda la humanidad, que cada uno de nosotros era depositario de esa ley moral, la cual en todas las circunstancias guía nuestra conducta.

Eleuterio Quintanilla molestaba, incomodaba, nadie pudo clasificarle porque no era doctrinario. No fue un hombre de partido porque sabía que no hay respuestas fáciles para resolver problemas difíciles y que no basta indignarse para sacar al pueblo de un mal paso. Fue un anarcosindicalista probablemente más reformista que revolucionario. Su acción él la quería constructiva, hacia un provenir que se apoyaba en una sociedad libre hecha de justicia y de respeto. Sus armas eran la palabra y la pluma, pero no desplegó nunca la más mínima actividad propagandística.

Para él nuestra vida social no tenía como único límite el trabajo en la fábrica o en la mina, ni tampoco en el descanso junto a la familia. Creo que lo que más le preocupó aquí mismo, en Gijón, con su participación en el Ateneo, o en Burdeos con la creación de la "Casa de España Republicana" era poder fundar una escuela en donde cada trabajador después de su vida laboral pudiera ejercer su derecho a una vida intelectual, a una vida social, a una vida política.

El homenaje que hacemos hoy en Gijón a una persona, por muy destacada que haya sido, otros hombres y mujeres lo merecen. Es imprescindible rehabilitar el honor no sólo de mi abuelo, también el de todos los que ocuparon un puesto en la historia, Creo que España tiene que recobrar la memoria, reconstituir su pasado. España no puede renunciar a la memoria histórica, no puede callarse. Quizás la nostalgia no sea sana, pero el olvido es criminal. Durante años, refugiados e hijos de refugiados tuvimos vergüenza frente a lo que vivíamos como una humillación. Para mi abuelo, como para muchos, ser digno era callarse. Nuestros padres callaron, nosotros también.

A Quintanilla le cortaron el camino la guerra, las desilusiones y el destierro. Pero jamás renunció. Mi abuelo nunca abdicó: se dejó olvidar porque sabría que el precio que había que pagar para la libertad era la solitud y el silencio.

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