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Mercaderes

Nuevas modalidades de consumo y miserias locales vapulean al comercio de proximidad

Ser comerciante es una profesión de alto riesgo. Tanto que apetece preguntar a esos discretos héroes de barrio cómo es que no se dedican a otros menesteres. Si no fuera porque la pregunta sobra: están concentrados en el equilibrio imposible de la propia supervivencia. Son corchos flotando en medio de una fuerte marejada. Hay amenazas poderosas a las que hacer frente. Y luego están esos golpes bajos que dejan temblando porque llegan de quien se presumía aliado en la lucha desigual contra los elementos. Eso tiene que doler.

Entre las amenazas globales y las particulares estamos nosotros, los consumidores. Dueños de nuestros propios hábitos, tenemos parte de responsabilidad en este engranaje. Por ejemplo, nos generaba temor pero ya nos hemos soltado en la compra por Internet. El caso es que no lo hacemos directamente con las tiendas -eso las salvaría- sino con el fabricante o las grandes plataformas de distribución. Porque es más barato o porque, a igualdad de precio, nos traen el producto a casa, en ocasiones acompañado de un pequeño obsequio.

Como todavía nos gusta tocar antes de comprar, practicamos con ingenuo descaro el showrooming, es decir, probamos en tienda el artículo que luego terminamos comprando online. El comerciante hace su trabajo pero no culmina la venta, el margen se lo llevan otros.

Por si lo anterior no fuera suficiente, llega el anuncio de creación de tiendas sin empleados por parte de grandes distribuidoras como Amazon. Hace semanas ya estrenaba en Gijón su punto de recogida de envíos en Asturias. Es una suerte de muro de taquillas blindadas con una pantalla y lector de códigos que activa la apertura de la celda correspondiente. Cuando esto ocurre, te debates entre la sensación de que alguien te observa y la necesidad de que así sea, que haya un aliento humano cerca, poniendo alma a un proceso frío.

El envío individualizado de producto supone, además, un impacto medioambiental nada desdeñable. Tampoco eso deberíamos obviar aunque egoístamente sí que lo hacemos.

Veamos, no se trata de demonizar las nuevas modalidades de consumo. Son las que las tecnologías facilitan y se acomodan como anillo al dedo a nuestras vidas pantallizadas y frenéticas. Quizás podríamos animar a nuestros queridos comerciantes de proximidad a que se sumaran al carro. De hecho, lo están haciendo, probando también ellos a vender en la nube lo que exhiben en el mostrador. Pero para ello hay que contar con productos exclusivos y eludir la competencia del propio fabricante o del distribuidor, ese "mercader de grueso" que nunca hasta ahora se había metido a la venta al menudeo y ahora sí. Qué tiempos en los que el enemigo a abatir eran las grandes superficies, hoy casi tan desubicadas con los modos de los nuevos consumidores Premium como los sufridos comerciantes.

Por si estos envites fueran pocos, vivimos en nuestra ciudad una polémica en torno a las irregularidades detectadas en algunos comercios por compras con tarjeta social, ésa que el Ayuntamiento facilita a familias con pocos recursos para abastecerse de productos esenciales. Indirectamente, las tiendas de barrio han sido bendecidas con un volumen de negocio extra. La propia Unión de Comerciantes dio la voz de alarma, consciente de que la mala praxis de unos pocos no debe poner palos en las ruedas de un programa con doble impacto benéfico.

Desde algunas posiciones se intentó echar leña al fuego sembrando dudas sobre las prácticas comerciales así como la procedencia territorial de los beneficiarios. Son esas pequeñas miserias de los debates locales que amenazan con revolver la olla para hacer perder de vista lo esencial. No sólo estamos apoyando a las familias que atraviesan una etapa difícil en la ciudad sino que dinamizamos nuestro propio comercio, ese último reducto donde hallar rostro amable y consejo personal en este mundo de mercaderes.

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