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Decreto de sol

Destinos de naturaleza o predicciones meteorológicas políticamente correctas

Si usted que me lee ahora mismo está visitando Asturias, sepa que aquí se ha temido mucho por su posible cambio de opinión con respecto al destino de su escapada de Semana Santa, a la vista de la predicción meteorológica. Conste que escribo estas letras desde Andalucía -yo también he cambiado mi realidad un rato por otra nueva- y, con tambores procesionales al fondo, hemos disfrutado de un espléndido frío, lluvia y hasta granizo en las tierras de Joaquín Sabina. Apetece meterse de costalera debajo de un paso sólo para entrar en ese calor inflamado por lo intangible -"hasta el cielo, valientes"- al son de los trombones municipales.

A cambio, hemos visto los campos de olivos sobre un lecho verde cítrico, en vez de la tierra amarilla, escuchado sonar el agua al correr sin llegar a verla. Y hemos ahogado nuestro frío en vino, queso, pan y aceite de la tierra.

No he tenido noticia de que los andaluces les hayan afeado la predicción meteorológica a los expertos, cosa que sí ha hecho el sector turístico asturiano. Ellos lloran y rabian si, por culpa de la lluvia, el paso no sale o han de retirarlo en volandas en mitad del recorrido. Pero dan por sentado que los visitantes estaremos a pie de paso, museo, catedral o chiringuito; si hace falta, sacando ese impermeable de bolsillo que una lleva siempre por si le "encarta" -como se dice aquí- y un día te encartó y celebras ese sentido de la previsión que te ha inculcado tu madre.

Yo ya no sé si se puede exigir una predicción meteorológica políticamente correcta, que diga la verdad sin que duela ni perturbe ni disuada, es decir, sin decirla. En este imperio de la asepsia que parecemos estar construyendo, se acabará pudiendo exigir todo y nada, habrá que permanecer callada de la mañana a la noche para no incurrir en una incorrección viral.

Yo recuerdo que en mis tiempos ochenteros de estudiante universitaria en Madrid descubrí que Asturias sólo tenía derecho a un icono en el mapa del tiempo y éste, por resumir, prácticamente siempre era una nube. Yo sabía que nuestra realidad era bien distinta pero ¿cómo se resume toda esta diversidad en un icono? Parecía corresponder uno por provincia, así que yo envidiaba, por ejemplo, los cuatro de Galicia que permitían cierto margen de maniobra.

Recuerdo que me dolía esa imagen que desde fuera se ofrecía del clima asturiano y me esforzaba en dar explicaciones que, en realidad, nadie me pedía. Hoy ese mensaje que tantos hemos dado de forma espontánea es ya nuestra marca de destino turístico: a Asturias no se viene en busca de sol aunque, cuando la tierra quiere, bien que lo ofrece con generosidad.

Hoy en día, con una fiabilidad de cálculo algorítmico en las predicciones, la capacidad de segmentar por localidades y horas del día, y una información permanentemente actualizada que fluye en la nube como un servicio más, no sólo de entidades oficiales sino de portales patrocinados, la protesta de nuestra industria turística me ha recordado a mí misma, ochentera y rabiada por la cicatería televisiva del icono único. Ni con un decreto ley ni con un secuestro judicial de publicación se tuerce lo que es un servicio profesional y necesario que no debería perturbarnos más de lo imprescindible: si de verdad somos un destino desestacionalizado, alternativo, de naturaleza, patrimonio y diversidad, lo que debería ocuparnos y preocuparnos es simplemente serlo más y mejor. O sea, hacer bien nuestro trabajo y celebrar que los demás hacen lo propio con el suyo.

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