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Aquelarre

Paseo por la Feria del Libro de Gijón, rito analógico salvador

"Las sociedades estúpidas disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas", asegura el filósofo José Antonio Marina. Es decir, una sociedad "embrutecida" no es sólo una suma de brutos; también los fabrica y promociona. Ando a vueltas con las reflexiones de Marina sobre la inteligencia fracasada mientras paseo la Feria del Libro de Gijón (FeLiX18), felizmente recuperada. Esta conjura de libros, bibliotecas y librerías hoy sabe a aquelarre.

Salgo del stand de la red municipal de bibliotecas y enfilo la avenida de casetas. Breve parada en la de la Universidad de Oviedo. Por cierto, nuestros bachilleres acaban de regresar del ruedo de la EBAU a disputarse esa centésima que les abre las puertas a la profesión en la que se sueñan. La media matemática de sus resultados es un valor ligeramente inferior al del año pasado, se ha apresurado a evidenciar la sacrosanta ciencia Estadística. A todo le tomamos medida, incluso a lo que cuestionamos, para alegrarnos o inquietarnos con una mínima desviación sobre lo cuestionado.

En perversa complicidad con el dato local nos llega el globalizado: desde los años setenta nuestro capital intelectual se desangra, cada generación pierde siete puntos de coeficiente. Paulatinamente nos asnamos, concluyen los expertos noruegos responsables del estudio. ¿Las causas? Entre otras, lamentan los nórdicos que las nuevas generaciones prefieren las pantallas a los libros. En la transferencia, dicen, se han perdido algunas habilidades.

Por ejemplo, tener individualmente un vocabulario amplio y ser capaces colectivamente de crear nuevas palabras para conceptos abstractos. Nuestras nuevas incorporaciones son abreviaturas para el lenguaje urgente y simplificado de las redes sociales. Ésas en las que en tiempo real se puede chequear el grado de embrutecimiento social.

Pero el lenguaje y las abstracciones nos ayudan a pensar, soñar, inventar, crear y comunicarnos con los demás y con nuestro yo interior. Es la sagrada conexión entre las humanidades y las ciencias, como tan bien explica Nuccio Ordine en "La utilidad de lo inútil". Así que ese déficit paulatino es un silencioso cataclismo.

Continúo mi recorrido e intercalo paradas en casetas con encuentros personales que tienen esta vez un guiño de complicidad. Reencontrase siempre es una razón para la alegría pero aquí y ahora tiene algo de exorcismo. Tintinean mensajes de whatsapp en mi pantalla de móvil. En uno de mis chats una amiga comparte el enlace a una encuesta que un medio de comunicación está haciendo sobre la conveniencia o no de acoger al Aquarius y ¡está ganando el no!, ¡votad!

Como si me jugase mi propia dignidad en la consulta impertinente, a metros de la carpa sur de FeLiX me paro a ponerme las gafas de cerca y firmar para contrapesar el no de la vergüenza colectiva en la civilizada Europa. Al levantar la vista me siento culpable por pantallizarme en mitad de este rito analógico salvador.

Dice Marina que las sociedades "se encanallan cuando se encierran en un hedonismo complaciente y carecen de tres sentimientos básicos: compasión, respeto y admiración". Entro en la carpa apretando contra mi pecho los libros que he ido escogiendo en mi ruta. Como si del fin del mundo se tratase, deposito en ellos mi confianza para no olvidarme de admirar, compadecer, respetar.

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