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Verdad en la era del bulo

Libertad de prensa y medios de comunicación - como verificadores en la burbuja informativa

Ha querido el calendario que este año el Día Internacional de la Libertad de prensa haya quedado embutido entre dos convocatorias electorales, como un hito simbólico en la tregua de sendas tormentas perfectas de información interesada. La celebración ha sido el 3 de mayo, cuando ya se había tomado nota

Así que en esta ocasión las dos entidades asturianas de referencia -Colegio de Periodistas y Asociación de la Prensa- han exigido en su comunicado conjunto, entre otras medidas, frenar la precarización de la profesión y proteger herramientas imprescindibles en su desempeño como el secreto profesional. Pero han puesto especial énfasis en la reivindicación de la profesión en sí misma. Hasta hace bien poco no se había reparado en la necesidad de diferenciar entre cualquier persona que comparte contenidos y el periodista, de distinguir entre la información que tiene apariencia de veraz y la que realmente lo es porque está elaborada profesionalmente, es decir, fundamentada y contrastada. Desarrollar ese nuevo sentido crítico no sólo es justo con la profesión periodística, es crucial para la sociedad.

La expresión "fake news" irrumpió en nuestro vocabulario en 2017, hasta el punto de que la Fundación del Español Urgente, Fundéu, la incluyó entre las palabras del año. Desde entonces el concepto nos ha acompañado, aunque cobra todo su sentido expresado en castellano: falsedad, bulo, trola, embuste, patraña, infundio, mentira. Siempre se ha tratado de colar interesadamente información no veraz o tergiversada a través de los medios.

Lo dramático es que ahora ya no hacen falta para que las patrañas rulen; las redes son mejores conductores. Así que los medios tienen ahora tarea doble: detectar la falsedad que pretende filtrarse en sus contenidos y, a la vez, desmontar la que, sin haberse colado, está siendo considerada información fidedigna por la ciudadanía. He aquí un nuevo concepto a manejar, el de información verificada.

Como la ciudadanía carece de tiempo y recursos para rastrear la trazabilidad de cada presunta noticia, inmersa como está en el pimpampum de contenidos que la asaltan a través de los dispositivos, ¿a quién fiar esa sensible labor? Les aconsejo que se asomen, si no lo han hecho ya, a las páginas web de Maldita, Firt Draf o Comprobado, detrás de las cuales hay un grupo de profesionales de la comunicación activistas del desmontaje de la mentira que se dedican a testar presuntas noticias. Para ese trabajo ya se ha acuñado otro anglicismo: el fact checking o rastreo de la verdad detrás de una información.

Lo triste es que la práctica de la verificación ha dejado en evidencia el discurso de los aspirantes a gobernarnos. Sus estadísticas, gráficos, resúmenes, evocaciones de lo hecho por ellos o sus contrarios, no solo están en muchos casos plagadas de incorrecciones, en otros son directamente una falsedad rampante. La verificación también ayuda a detectar esas vergonzosas contradicciones entre lo dicho ahora y hace un tiempo, cuando por rentabilidad política tocaba decir lo contrario.

Y el problema es que cada vez más los partidos fían su comunicación a las redes tratando de eludir el cribado profesional de quien indaga, pregunta, contrasta en el contexto de un medio. Es una tentación enorme, esa comunicación viral, fácil y unidireccional con apariencia de participativa. Reconforta saber que Vox, el partido que en las últimas elecciones ganó la batalla de likes y retuits en las redes sorteando descaradamente los medios de comunicación, no alcanzó sus expectativas. Pero no bajemos la guardia: la verdad es un bien de primera necesidad, si se convierte en una rareza a rastrear, estamos perdidos.

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