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José María Ruilópez

Encantador de armonías

Sobre el concierto de Armando Orbón en la sala Cornión

El pasado sábado día 19 de diciembre, el guitarrista gijonés Armando Orbón presentó en la ciudad su concierto “Una guitarra, un solo mundo” en la galería Cornión, que regenta Amador Fernández. Un DVD dirigido por Fran Vaquero conmemorativo del V Centenario de la primera vuelta al mundo de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano, en homenaje a Antonio Pigafetta, noble italiano del Renacimiento, geógrafo y cronista de la República de Venecia. Grabación realizada por iniciativa del Consejero de Cultura de la Embajada de España en Italia, Ion de la Riva, y con la introducción del Embajador español en ese país Alfonso Dastis.

Debido a la situación sanitaria mundial, Armando Orbón grabó el recital en la Colegiata de San Juan Bautista y en la propia galería Cornión, cuando lo previsto era darlo en directo en la capital italiana. Fue una suerte para los asistentes al acto en esa galería este pasado sábado, porque tuvimos la oportunidad de escuchar no sólo el verbo ágil y bien documentado del concertista sobre el origen de las piezas que forman el DVD, con los detalles propios de quien domina el arte musical, maneja los conceptos sociales del momento, diserta sobre el pensamiento tanto del pasado como del presente, fabula, si es necesario, sobre la realidad social, maneja la documentación histórica de la Cuba de ayer y de hoy, país con el que tiene vínculos familiares, y se honra en ser sobrino de Julián Orbón, crítico musical y compositor (Avilés, 1925, Miami, Florida 1991) de larga ascendencia musical y una persona de una inteligencia notable, según confesó al que suscribe hace años en La Habana alguien que lo conoció muy bien, la poeta Fina García−Marruz, premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2011.

Armando Orbón es un valor artístico de reconocido prestigio internacional como concertista de música clásica, que actuó en más de un centenar de países de cuatro continentes. Y en todos ellos dejó su impronta como ejecutante en el manejo del nailon, cuando acaricia el traste con las yemas de los dedos encallecidas, o toquetea el golpeador, o domeña las cuerdas a la altura del puente para que no se desboquen, y emociona a toda la asturianía cuando interpreta una de las piezas más queridas por el músico, como es “Asturias” o “Leyenda” compuesta a finales del siglo XIX por Isaac Albéniz.

En esta ocasión, como aperitivo al contenido del DVD, interpretó la Danza Española nº 5 de Enrique Granados, y una obra del compositor argentino Ástor Pantaleón Piazzolla (Mar del Plata, 1921–Buenos Aires, 1992). En ambas obras dejó patente la codicia interpretativa buscando la nota, el compás, la armonía con una meticulosidad y delicadeza extremas, en obras que requieren mucho ensayo y gran memoria, para manejar entre quince y veinte mil movimientos. Porque Armando Orbón posee facultades innatas para la guitarra, pero también una dedicación amorosa hacia ella. Es compañera inseparable, a la que dedica muchas horas y en la que sueña, con la que viaja, por la que vive, en la que se apoya para afincar su repertorio con solidez y aplomo. Porque cuado interpreta no sujeta la guitarra, la abraza; no la coloca, la asienta; no la mueve, la zarandea. La guitarra es un instrumento musical con aspiraciones de ser una mujer, y por eso Armando manipula las clavijas para ponerla a tono, sube y baja la mano izquierda por el mástil en un movimiento no exento de un llamativo erotismo sónico, y ella responde con un pirueteo sonoro. Y con la mano derecha con uñas reforzadas de trilero de la ilusión, el misticismo y la avaricia transita sobre las cuerdas como un caminante de pasos comedidos y sutiles sobre ese terreno vibrador.

Armando Orbón casi hasta comparte mesa y mantel con la guitarra, porque la sequedad del ambiente le obliga a meter un tubérculo, una patata, por la boca de la tapa dentro de sus entrañas para que absorban humedad y el tono que ofrece la caja de resonancia sea el justo. Hay un trasfondo subconsciente donde el intérprete desearía comer el instrumento, y esa insignificante patata es el símbolo ingenuo de esa intención hacia la xilofagia. Deglutir lo que se ama es el fin último del amor. El pintor Daly lo predicó en una de sus extravagancias caníbales. Si no fuera por la música, la pluma podría ser otra opción creativa de Orbón, no hay más que ver sus aclamadas intervenciones literarias en las redes sociales o, simplemente, las dedicatorias de sus DVD: “cuando la amistad es una forma de poblar un espacio misterioso”. Pues eso.

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