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Filippo Priore

Por libre

Filippo Priore

El nuevo fascismo

La violencia en las calles tras la sentencia firme a un vulgar delincuente

Escribo estas líneas mientras intento aún digerir la rabia que siento al ver una y otra vez repetidas las imágenes de los graves disturbios que, en diversas ciudades españoles, se han venido produciendo desde el encarcelamiento de un sujeto, en virtud de la justa aplicación de nuestro vigente Código Penal. El fulano en cuestión era, para los que nos consideramos anónimos amantes de la música en general, con predilección como es lógico por algunos géneros en particular, un absoluto desconocido por deméritos propios. Y no seré yo quien, escribiendo aquí su nombre, emborrone el inmaculado papel con en el que se imprime este noble diario que tiene usted entre sus manos, obligándole con ello a desinfectárselas con nuestro ahora inseparable gel hidroalcohólico.

Recordarán ustedes que no hace mucho, a colación de las elecciones catalanas, en una de esas declaraciones “marca de la casa” y que ni el mismísimo diablo sería capaz de cargar con tamaña insensatez, irresponsabilidad y falsedad, Pablo Iglesias afirmaba (se diría que casi con orgullo), tener que reconocer en su condición de vicepresidente del Gobierno, que en este país no disfrutamos de una situación de “plena normalidad democrática”.

Con semejante caldo de cultivo que apenas si mereció un muy leve tirón de orejas por parte de alguno de los subalternos del desaparecido presidente Pedro Sánchez, no era de extrañar que una vez ejecutada la sentencia firme que llevaba a prisión a un vulgar delincuente, y azuzados por una serie de mensajes en redes sociales de destacados miembros del partido morado, esas hordas que componen los grupos más radicales de la izquierda antisistema, volvieran a campar a sus anchas por algunas de las principales calles de Madrid, Barcelona y otras ciudades del territorio nacional, envalentonados por la conducta de un ministro del interior del que se volvía a echar en falta su inmediata condena sin paliativos ante este terrorismo callejero, amén de su apoyo incondicional para los que se supone que son ‘los suyos’: las fuerzas de seguridad que velan por el orden público. Que esto no se produjese sí que supone una seria anomalía democrática.

Mi impresión es que en los albores de esta tercera década del siglo XXI, estamos por desgracia ante lo que podría enmarcarse dentro de un nuevo fascismo, llevado a la práctica precisamente por los autoproclamados “movimientos antifascistas”, sustentado en una ignorancia aguda -en todas sus posibles acepciones-, así como en una crónica decadencia de los valores fundamentales que deberían imperar en cualquier sociedad democrática; contando además con la inestimable complicidad de ciertas corrientes políticas, para las que resulta “anormal” todo aquello que se sale de su pensamiento único. Ese que no dudarían en imponernos por cualquier medio, de no ser porque aún existen leyes que nos amparan a ustedes y a mí, y personas también como ustedes o como yo, que a diario se juegan el pellejo en la calle para defenderlas. El mayor problema es quién les defiende a ellos.

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