La historia son documentos escritos y fotografías, y también la memoria oral. Aquí, en Gijón, hace un siglo se abrieron escuelas racionalistas con la Escuela Neutra Graduada; hubo inscripciones de nacidos con nombres que no estaban en el santoral católico como Aurora, Floreal, Libertad o Acracio; tuvieron lugar matrimonios y entierros civiles y se conmemoraron fechas laicas como la toma de La Bastilla el 14 de julio, la fecha republicana del 11 de febrero o el primero de mayo. Documentadas están en Gijón acciones anticlericales como no descubrirse al paso de una procesión durante Semana Santa o quedar fuera de la iglesia, de manera llamativa, en el funeral de un amigo o compañero de trabajo. Por cierto, esto último continúa haciéndose no pocas veces. Pero no tenemos documentación fehaciente sobre una cuestión que (de manera oral) nos fue trasmitida hace años por un ciudadano gijonés cuando ya era casi centenario.

Hablamos de la costumbre que tenían trece vecinos del barrio de Roces, todos hombres (estamos hablando de Gijón de la década de 1910), de cenar juntos todos los viernes santos, como si de una Última Cena se tratara; siempre trece, como en la última cena donde Jesús se despidió de los suyos. Aquellos gijoneses comían y bebían en abundancia, y sobre todo comían carne para demostrar su anticlericalismo saltándose la cuaresma. Y no estaban tristes. Podemos estar hablando de lo que en otros lugares de España se llamaba “promiscuación del Viernes Santo”. Esos gijoneses formaban la “Sociedad Los 13” que hacía gala de boicot a los ritos católicos en Semana Santa, y se llamaban a sí mismos “la docena del fraile” como eufemismo de trece.

Misterioso es también, para nosotros, el origen del pacto entre varios gijoneses de la misma época en el que se comprometían a morir sentados. Si la última hora los sorprendía tendidos en la cama era la familia quien los sentaba, cumpliendo el deseo tantas veces manifestado en vida de no morir tumbados. Era como morir con dignidad, con la cabeza bien alta, no derrotados.