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JC Herrero

¡Qué cruz, Señor!

Gijón, antes y después de Herodes

Nunca en la milenaria historia de esta España camisa blanca nos hemos tatuado como quien acude al peluquero, necesitamos símbolos. Desde los escudos de la Legión, alegorías de la Armada o el “amor de madre” de los reos ansiamos tanto explayar en piel. Esta idea de hacer imagen y semejanzas no es nueva, la prehistoria recoge, hecho a cincel, el “laberinto” esculpido en un ara hallada en Coaña, su forma de cruz, data del siglo V a. de C., eran tiempos de magia y mitología, nadie vaticinaba la llegada de Cristo y menos la empresa del emperador Constantino I, quien dejó de perseguir a los cristianos.

Con dos mil años de oficio religioso a cuestas, normalizado, sobrevienen buenas nuevas, catecismos que llamamos reglamentos, hay que cumplirlos y no es cuestión de fe, es derecho. La última de estas escrituras laicas corresponde a la Red de Municipios para un Estado Laico (la “REMEL”) a la que pertenece Gijón, también ciudad amiga de los perros, de las personas mayores y de la infancia, peyorativo en exceso, siendo más útil lo de “ciudad amiga”, y punto.

El laicismo está muy bien, pero fuerza a hacer muchos cambios. No digamos al callejero, que lleva un buen santoral. La misma cruz de Don Pelayo en bandera gijonesa, tiene sus horas contadas. Contigua al emperador, la escultura de César Augusto señala con su dedo al Sagrado Corazón, dando la espalda al Santo Ángel, de lado a San Pedro y todo ello en el arranque de San Lorenzo, en lo que es campo y mercado de San Agustín, será por santoral. El catolicismo, a diferencia de otras confesiones, es muy proclive a simbolizar. Constantino el “Grande” lo sabía, Roma gustaba del retrato. Ahí entramos en la falta de visión-misión y valores que deberíamos auditar. Toca, ya, además de la imagen corporativa eclesial, hablar de responsabilidad social corporativa, los reglamentos exigirán ir liquidando –desamortizando- imaginería y demás pictogramas, subastar trabajos que evoquen demasiada espiritualidad: los de Miguel Ángel, Da Vinci, Rembrandt, Rafael o el “Greco”, que bien pudieron dedicarse al paisajismo, evitando herir sensibilidades aconfesionales.

La cristiandad, en particular, externalizó el pétreo sentido de iglesia, quizás esa amortización constructiva es la que más rechina a los nuevos estados laicos. Hay confesiones que apenas si muestran semiótica alguna, y nadie juega a desamortizar, no tienen símbolos, si acaso locales alquilados donde rezan. La fe se hace así intangible, sin tatuajes que denoten propiedad. Hay quien pinta a su novio en el brazo y se va corriendo a desamortizarlo, arrepentida, pues encontró otro más bueno, eso no es fe, es economía y sobre todo coherencia.

Con la nueva reglamentación laica habrá que buscar alternativas al año cero, pues citar antes o después de Cristo estará mal visto, si acaso citar a Herodes, que además rima, si no te gusta te… ¡Qué cruz, Señor!

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