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Maribel Lugilde

El hábito que hace al ERE

El papel de los consumidores en las regulaciones de empleo bancarias

Hace tiempo, en una sucursal asturiana de uno de los bancos que anuncian cierre de oficinas y ERE para parte de su plantilla, observé a una anciana tratando en vano de actualizar su cartilla en un cajero automático. Estaba en esa suerte de antesala donde cada vez se gestionan más trámites que antes precisaban trato personal en interior climatizado; ahora territorio vedado.

Aún no eran tiempos Covid, se podía atravesar libremente la puerta automática acristalada, así que pregunté en el interior si alguien podía ayudar a la atribulada mujer. Enseguida se me acercó un joven pulido, imbuido de los valores de su entidad, donde posiblemente disfrutaba de su primer trabajo después de un doble grado y un máster en el extranjero.

Me explicó que él mismo había “atendido personalmente” a la anciana para explicarle que ese trámite se hacía ahora en el cajero. De hecho -prosiguió- para mayor comodidad, le había recomendado la banca electrónica, quizás primero asistida por un hijo o un sobrino, si lo tuviera, aunque -se lamentó- no era el caso.

Consideró que sus explicaciones eran suficientes e hizo ademán de volver a sus urgencias. Pero mi insistencia le obligó finalmente a ayudar a la mujer. Lo hizo con un respeto excesivo, crispado, una pedagogía para torpes que nos dejó claro a ambas que había que volver con la lección sabida. Cuando ella le dio las gracias sentí una punzada en el estómago.

Los bancos justifican la reducción histórica de oficinas y empleos, entre otros aspectos, en el cambio de hábitos de consumo de los clientes. Como si por propia voluntad y masivamente hubiéramos renunciado a tratar con personas en favor de muebles blindados.

Inevitablemente he recordado al joven crispado. Me pregunto si siente que se mueve la tierra bajo sus pies o si alguien le ha soplado que no estará en la lista. Me lo imagino recapitulando su expediente impecable. Las ocasiones en las que cumplió objetivos inalcanzables, colocó productos arriesgados a personas que se jugaron sus ahorros, invitó a firmar renuncias a reclamar cláusulas suelo, aleccionó sobre banca electrónica. ¿Cómo iba a imaginarse que él mismo era su propio caballo de Troya? Vivimos esta crisis trayendo de la anterior el más profundo desafecto a los bancos, cuya ingeniería algorítmica no comprendemos pero cuyas pérdidas hemos socializado. Cuya presencia en la gestión de nuestras vidas es ineludible hasta en el último rincón de la España vaciada, pero de cuyas oficinas nos han desahuciado. Y ahora nos afean nuestros soberanos y volubles hábitos de consumo que vuelven innecesarias oficinas y personas.

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