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La locura de vivir siendo música

Fernando Menéndez Viejo, in memoriam

Fernando Menéndez Viejo es, sin duda alguna, una referencia musical en la región. Compositor sobresaliente, dispuso de la mejor formación posible y del tiempo necesario para legarnos algunas de las mejores obras corales y camerísticas de los últimos cincuenta años. No ha sido un compositor prolífico, desmesurado o volcado ciegamente en la pasión de la escritura. Artesano cuidadoso y dedicado al mimo de tejer los hilos perfectamente dispuestos para hacer de sus obras algo delicado, significativo, directo, con un perfume asturiano que deja un rastro claramente identificable en su producción, la más popular, pero sobremanera, en la más intelectual.

Siempre que teníamos oportunidad, encontrábamos la manera de recriminarnos esta cuestión, aquella otra. En mi caso, no haber escrito música sinfónica, más música de cámara –como aquel “Quinteto del Agua” dedicado a su amigo Menghini y estrenado en una estancia del Quintetto a fiati Italiano en Colombres–, o no haberse detenido más en la música coral que tan bien conocía, amaba y a la que dedicó gran parte de su vida. Inspiración melódica única, armonías evocadoras, formas concretas sobre las que contar y un gusto particular por el contrapunto. Es extraño encontrar otro compositor con el acento puesto precisamente en las imitaciones y el rigor de las voces interiores. Inspiración popular revestida de intelectualidad pretendida que dignifica los ritmos, las danzas, los aires de la tierra. Sin coquetear con vanguardia alguna, anclado la música buena, esa que llena el corazón y que se distingue frente a modas o circunstancias.

Tuve la suerte de contar con su magisterio. Una enseñanza que empezó a mis trece años y que acompañó de una manera sistemática durante toda mi formación. Apasionada y disciplinadamente, enseñándonos lo más básico y rudimentario de este arte singular: amar la música en lo profundo, entregarse a ella. Un maestro que enamoraba con esa capacidad única para inventar melodías, para encontrar la armonía justa, y a la vez, detenernos en cada nota, cada compás, disfrutar del prodigio de cantar, de tocar, de escuchar, de entender la locura de vivir siendo música. Un maestro que pudo ver como algunos de sus alumnos seguimos dedicados en cuerpo y alma a la música.

Director y dinamizador de no pocas formaciones e Instituciones en esa región. Del Coro de la Ópera de Oviedo a Melisma. De la pluralidad colorista de la lírica a la sencilla e íntima complejidad del canto llano. Del piano al órgano.

Sus obras –musicales, literarias, discográficas–, son el mejor legado de una vida plena en humanidad, en exigencia, en miradas y en palabras. Conversador ocurrente, profundo, irónico, con un humor cargado de sabiduría y la distancia justas. Su memoria musical es el recuerdo permanente de un oficio hermoso que sigue necesitado de artesanos. Como él, como los de su generación que a poquito, nos van precediendo.

Hasta pronto, querido Maestro.

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