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Las tradiciones no son un mercado persa

Sobre el reglamento de laicidad que prepara el gobierno local de Gijón

Las costumbres y tradiciones son normas de comportamiento de una comunidad, de una ciudad o de un pueblo, y hasta de un barrio. Estas tradiciones están grabadas a fuego en la piel de los miembros de esa comunidad. Sus gentes las practican desde hace muchos años, incluso siglos, y las interpretan como parte de su forma de vivir. Son un legado propio que se perpetúa en honor de quienes las transmiten para los que vienen detrás suyo.

En su inmensa mayoría, los usos y costumbres, las tradiciones se transmiten de generación en generación sin necesidad de estar escritas. Dicho de otra manera, la pequeña historia, ésa que se transmite de padres a hijos... eso son las tradiciones. Son un tesoro que los pueblos guardan con orgullo porque son la piedra angular de su historia no escrita. Por eso hay que mantenerlas. Hay que respetarlas y salvaguardarlas de cualquier tormenta política, ideológica o social.

Cualquier comunidad protege, con orgullo, cariño y respeto, el acatamiento de sus normas no escritas. Las llevan a la práctica en el cumplimiento de esas tradiciones y las convierten en la norma de su actividad diaria individual y colectiva.

Culturas como la griega o la china hacen de las tradiciones su ADN. Sus gentes las practican de forma habitual en asuntos como la gastronomía, el vestuario, la forma de vivir o incluso el valor onomástico. Las costumbres están tan arraigadas en nuestra sociedad, que, por ejemplo, el protocolo y el ceremonial universitario tiene su origen en la tradición. También en la normativa que regula las universidades y en sus actividades y competencias, que las hacen diferentes de cualquier otra institución. Como se ve, las tradiciones, usos y costumbres están tatuados a fuego en muchos estratos de los pueblos y de las comunidades.

En este sentido, existen tradiciones únicas, específicas de una sociedad, y también otras compartidas por los pueblos que poseen un origen común o que comparten características históricas y culturales. Así, puede hablarse de tradiciones nacionales, como las tradiciones hispánicas, pero también de tradiciones asturianas o gijonesas, o incluso de tradiciones cristianas, judías o musulmanas.

Por tanto, las tradiciones, adheridas a diferentes capas de la vida de los hombres y mujeres de la sociedad, escenifican los modos de hacer las cosas que la sociedad considera convenientes de preservar en el tiempo.

Por esta razón, resulta ridículo que una tradición se le arrebate a una ciudad por un gobierno municipal o autonómico al amparo de excusas vacías o ideología partidista. Ninguno tiene capacidad moral para robar a su sociedad sus propias tradiciones. Eso es asestar una puñalada a la esencia de sus habitantes. No es ético ni moral.

Si una ciudad tiene una tradición religiosa, gastronómica, social o educativa hay que respetarla, por delante de cualquier ideología o de cualquier pensamiento político. Las administraciones públicas tienen la obligación de dar solución a los problemas de los ciudadanos. Nunca crear nuevos problemas en dónde no existen. Esto sólo polariza la vida de las personas y divide a la población.

A estas alturas, a nadie se le escapa que estoy hablando del esfuerzo de la Alcaldesa por decirnos a los gijoneses qué tradiciones son de primera y cuáles de segunda. Todo por ideología, porque no le gustamos, ni nosotros ni lo que hacemos desde hace décadas.

Por suerte o por desgracia, esta actitud siempre pasa factura. Ya lo decía Ana María Matute: «La vida siempre pasa factura porque nunca se queda con nada». Tampoco con quienes arrebatan lo propio a los suyos. Aunque quién sabe, igual ni siquiera nos ve como los suyos.

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