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Nuevas epístolas a “Bilbo”

Libertad, Rambal, libertad

Un símbolo de Cimavilla

El bardo, adrede o sin propósito –tal y como pasa a los grandes poetas–, compone un himno que enaltece aún más al barrio alto de la ciudad bimilenaria. Un himno en loor del más humilde héroe de la gente más humilde. Un himno que rezuma el esplendor de la juerga popular. Un himno que segrega dosis abundantes de la tolerancia que asume, acoge e integra la incursión festiva de los diferentes, los marginales, los “maricones de nacimiento”. Un himno que destila la melancolía de la tragedia: “cuchillitos de plata”, sangre, fuego, agua... y bolsas de plástico negro.

El bardo, queriéndolo o sin querer –tal y como ocurre a los mejores vates– compone una plegaria estrictamente secular que no invoca a la Virgen de la Soledad –envidiosilla ella, celosilla ella del cariño de la plebe a su santo laico–, sino al ídolo de barro y pamela, a la “cosa mítica de Gijón”, a la reina de los playos, a la travesti de Marifé de Triana, a “la madre que lo parió”. Una plegaria hilvanada de rabia, júbilo y compasión. Una plegaria moteada por el salitre de la mar. Una plegaria inserta en un pentagrama atravesado por la cadencia feroz del Cantábrico y por el ritmo chirigotero de sus olas.

El bardo, a sabiendas o por un casual -tal y como sucede a los trovadores exitosos-, compone una salmodia graciosa y expresiva y triste. Un canto de alabanza que es salmo responsorial y canción de cuna a la par. Una salmodia monótona y alborotada, reverencial y jacarandosa. Una salmodia imposible.

El bardo, con intención o sin ella –tal y como corresponde a los ingeniosos raperos–, compone una súplica a un dios lejano, ido, quizás inexistente. Una súplica carente de fervorosa devoción. Una súplica al vacío de la memoria. Una súplica sin convicción a la historia dominante. Una súplica desesperada y escéptica.

El bardo ningunea, ignora, desprecia a los asesinos. Un comino le importa que los autores del truculento homicidio sean peces gordos de la élite o machotes cabríos del lumpemproletariado o sicarios impíos de la clase burguesa. Todo lo calcula y especula el coro del pueblo, dicharachero, descreído, confuso, que decide entrometerse en la canción.

El bardo, a su aire, canta, implora, reza, llora por las callejas adoquinadas o recónditas del barrio Alto de la ciudad bimilenaria: “Paseítos de Rambal”.

Escucha, “Bilbo”, escucha la voz amarga, respetuosa, evocadora y reivindicativa del bardo. Escucha, “Bilbo”, escucha otra vez el estribillo resonante del cántico, contrario a cualquier soflama, antes de que se apague, antes de que se extinga, antes de que lo engulla el olvido o la vorágine.

“Llibertá, Rambal, llibertá”.

“Llibertá, Rambal, llibertá”.

“Llibertá, Rambal, llibertá”.

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