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María Domínguez

Colores primarios

Sobre las necesidades de los más pequeños

Vamos, desayuna, hoy no llegas. ¿Preparaste la mochila? Acuérdate del gel. ¿Dónde tienes el mandilón? ¿Seguro que hiciste los deberes? Recoge los cereales de la mesa. Llama al ascensor mientras voy al baño. Hoy jueves tienes baloncesto, así que te va a buscar la abuela. Recuerda que cenas en casa de papá, pero a las ocho tienes que bajar al portal, una ducha rápida, una francesa y para la cama. Hoy mami está tan cansada que el cuento te lo va a leer la señorita esa que me sale en Google y tiene dibujos incluidos, vamos un vídeo de youtube. Al día siguiente suena una alarma, volvemos a empezar, pero al no ser jueves la cosa cambia. Es viernes y no hay baloncesto, el niño tiene natación, por lo que no va a buscarlo la abuela, lo recoge la cuidadora. El resto, más de lo mismo. Los dientes, la ducha, la fruta, los deberes, la Play, no seas pesado, apaga la tele, ponte a leer. El crío es riquísimo, académicamente va bien y parece contento. Aún así la familia recibe una nota de su profesor, profesora, profesore (esta última palabra me la subraya el ordenador, ni siquiera las nuevas tecnologías la reconocen) para informar de que el niño anda un poco descentrado.

¿De qué nos sorprendemos? Cierto es que el niño obtiene calificaciones notables, se relaciona bien y hace cinco comidas al día, pero eso no es un seguro de vida. No es un seguro de felicidad. Ha comenzado a morderse las uñas, a contestar en casa y se ha ido transformando en el muñeco diabólico sin motivos aparentes. Volvemos a las primeras líneas de este artículo. ¿Qué hemos hecho a parte de darle órdenes, recordatorios y exigencias? Si el profesor dice que anda descentrado, es que anda descentrado. Papá, mamá, que no os pille por sorpresa. Quizás tendríamos que sentarnos junto a él, mirarle a los ojos (sin tiempo de reloj), escucharle, prestarle atención y enamorarnos de los colores que envuelven su pequeño mundo. Hemos ido metiendo oscuros, grises y tenues a una vida que solo contempla los primarios. Las mezclas vienen después. La experiencia le irá mostrando que existen colores intermedios y, con el paso del tiempo, descubrirá otras gamas, pero ahora no es el momento. Él solo ve el rojo, el amarillo y el azul. Aún no los ha mezclado y desconoce los resultados. Solo tiene como referentes a la familia, al colegio y a los amigos, esos son sus tres colores. Si los distingue, si los aprecia, si los conoce y los quiere, empezará a descubrir las otras tonalidades.

Para eso es necesario que los tenga claros, netos, puros. Que la familia sea un buen modelo en valores y amor, el colegio un lugar de aprendizaje y los amigos una oportunidad para compartir y divertirse jugando. Si recibes una nota de su profesor informando de que está algo descentrado, tal vez sea porque ni le gusta el baloncesto ni la natación. Siéntate a su lado y descubre junto a él los colores primarios, esos que, por desgracia, han ido desaparecido de tu vida por tanto mezclar y mezclar. Como dijo Mirko Badiale, “En cada niño se debería poner un cartel que dijera: Tratar con cuidado, contiene sueños”. Dejémosles ser lo que son, niños (las niñas y niñes van incluidos, que hay que simplificar su mundo evitándoles confusiones).

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