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Maribel Lugilde

La ciudad imaginada

Propuestas de remodelación de Fomento-Poniente, pasados fallidos y futuros posibles

Contemplo con admiración las propuestas recibidas por el Ayuntamiento de Gijón para la remodelación de uno de los recorridos de la ciudad que más me importan. Porque en sus rincones -presentes o borrados por los sucesivos cambios- hay retazos de mi infancia, adolescencia y juventud. En cada paseo desde Poniente a la punta Lequerica, va saliéndome al paso la niña o la joven que fui, mientras incorporo nuevos ratos, memoria para acariciar el día de mañana.

Quizás por eso, porque me va en ello, con las trece propuestas me ha embargado cierta sensación de profanación de un espacio sagrado. Me digo que los cambios acumulados ya han sido muchos y en gran parte positivos. Como si mi indulgencia con el presente -que ya dejó atrás tantas cosas- fuera proporcional a mi resistencia al cambio. Dónde queda el bullir de las subastas en la Rula, el diálogo a voces de las pescaderas, las vías sobre las que se deslizaban las grúas, los diques sin barandilla, la atmósfera de novela negra del desguace, los astilleros. Es el pasado del pasado. Hay que levar el ancla.

Pruebo a verme en cada recreación virtual y sigo con interés la narración en off que la detalla. Todos los espacios, lo confieso, me parecen reconocibles y habitables, sí, pero ajenos a mí. Hago un esfuerzo, tengo voluntad de participar en la elección, ya que se nos da voz y voto en el proceso. Me aguanto la sensación de ser cómplice de una intrusión y miro constructivamente al futuro.

Si me entrego plenamente en mi imaginación a cada propuesta y luego las recapitulo, constato lo distinto que puede ser el destino de un entorno. Y no puedo evitar escalarlo a toda la ciudad e imaginar cuántas ciudades contiene que pudieron ser y no fueron. Porque no se supo o convino no saber.

Si se hubiera llegado a tiempo, por ejemplo, de evitar la altura de la primera línea de playa en el Muro de San Lorenzo, o sabido conservar, con una estética unificada, la atmósfera de barrio pesquero de Cimavilla. Si no se hubiera jugado al monopoly de las estaciones de tren y los palacios de justicia fallidos. No quedaría en sombra nuestra playa señera, nos deleitaríamos reconociéndonos en nuestro casco antiguo, arribaríamos a nuestra ciudad sintiéndonos en casa nada más pisar el andén.

No sé si es bueno jugar el juego de las ciudades imaginadas o solo sirve para enrocarse en ciertos desencantos. Mejor centrarse en el futuro y acertar escogiendo entre los trece posibles futuros para esa ruta a la que, sin preguntarme, mis pies me llevan en mi ciudad.

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