Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Maribel Lugilde

Lavar por encima de nuestras posibilidades

He descubierto que ponía la lavadora por encima de mis posibilidades. Y el horno y el lavavajillas. Y que planchar es de pringadas insolidarias con la causa verde. Se me ha caído el velo de los ojos. Como en 2008, cuando comprendí que tener una hipoteca era para avergonzarse, un pecado descarado de codicia. Y que, como no anduviese fina, me merecía un buen desahucio, bendecido por las autoridades judiciales y escoltado por las de seguridad.

El Gobierno ha ideado un consumo por tramos de la energía eléctrica que va contra los usos y costumbres, por ejemplo, de una familia trabajadora y con hijos. O de las rutinas elementales de nuestros mayores. Nos cuentan que así entramos más en sintonía con la naturaleza mientras abaratamos nuestra factura.

De entrada, nuestra naturaleza particular, y sus ritmos circadianos, ha sufrido un revés trasnochador. Y lo del ahorro está por ver. Ojalá. En caso de que el recibo, a pesar de todo, subiera, tampoco sabríamos a qué atribuirlo, más allá de sentirnos culpables por seguir haciendo las cosas mal. Parece de sentido común que los bienes básicos para vivir –comida, agua, luz…– tengan, si no un precio simbólico, al menos moderado, proporcionado con el gasto y entendible en el recibo. Nada de esto ocurre con la energía eléctrica, cuya factura es tan incomprensible y falsa amiga como los productos bancarios de riesgo que se llevaron los ahorros de tantos mayores. Esos también los embarullaron convenientemente.

No solo es para iniciados desentrañar qué se nos cobra, también lo va a ser ordenar nuestros consumos, contratando potencias distintas e invirtiendo en termostatos o electrodomésticos programables. Como siempre, los más vulnerables se llevarán la peor parte. Y, de nuevo, qué solos que se quedan nuestros viejos, en un mundo cada día más hostil que les exige manejarse en internet, entenderse con una máquina para una reclamación, pedir ayuda con cita previa.

Todos los políticos que han encontrado acomodo en empresas energéticas tras su retirada bien podían en los correspondientes consejos de administración aportar el sentido de responsabilidad social exigible a quien hace negocio con un bien esencial. No es lo mismo ganar dinero fabricando coches de lujo que una vacuna en una pandemia o la energía necesaria para que un hogar funcione. Hay líneas invisibles bien visibles.

A mí el galimatías de la luz me parece interesado. No dudo que el Gobierno trate de doblegar un mecanismo disparado, pero sospecho que un oportuno efecto rebote nos dejará susurrando de madrugada a las lavadoras, pagando más de luz y bajando un escalón más desde el bienestar hacia la supervivencia.

Compartir el artículo

stats